lunes, 12 de julio de 2010

DIARIO DE UN LOCO

Nikolai Gogol


Diario de un loco

Diario de un loco Nicolai Gogol

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3 de octubre

Hoy ha tenido lugar un acontecimiento extraordinario. Me levanté

bastante tarde, y cuando Marva me trajo las botas relucientes, le pregunté

la hora. Al enterarme de que eran las diez pasadas, me apresuré a

vestirme. Reconozco que de buena gana no hubiera ido a la oficina, al

pensar en la cara tan larga que me iba a poner el jefe de la sección. Ya

desde hace tiempo me viene diciendo: "Pero, amigo, ¿qué barullo tienes en

la cabeza? Ya no es la primera vez que te precipitas como un loco y

enredas el asunto de tal forma que ni el mismo demonio sería capaz de

ponerlo en orden. Ni siquiera pones mayúsculas al encabezar los

documentos, te olvidas de la fecha y del número. ¡Habráse visto!..."

¡Ah! ¡Condenado jefe! Con toda seguridad que me tiene envidia por estar

yo en el despacho del director, sacando punta a las plumas de su

excelencia. En una palabra, no hubiera ido a la oficina a no ser porque

esperaba sacarle a ese judío de cajero un anticipo sobre mi sueldo.

¡También ése es un caso! ¡Antes de adelantarme algún dinero sobrevendrá

el Juicio Final! ¡Jesús, qué hombre! Ya puede uno asegurarle que se

encuentra en la miseria y rogarle y amenazarle; es lo mismo: no dará ni un

solo centavo. Y, sin embargo, en su casa, hasta la cocinera le da bofetadas.

Eso todo el mundo lo sabe.

No comprendo qué ventajas se tiene al trabajar en un departamento

ministerial. Ni siquiera dispone uno de recursos. Pero no sucede así en la

Administración Provincial, ni en el Ministerio de Hacienda, ni en el

Tribunal Civil. Allí ves a un empleado cualquiera sentado humildemente

en un rincón escribiendo. Lleva un frac gastado y su aspecto es tal que ni

siquiera merece que se le escupa encima. Sin embargo, fíjate en la villa

que alquila durante el verano. No se te ocurra regalarle una taza de

porcelana dorada, pues te dirá que eso es digno de un médico. Él se

conforma tan sólo con un coche de lujo o unos drojkas o una piel de visón

de 300 rublos. Y, no obstante, por su aspecto parece tan modesto, y al

hablar es tan fino. Te pide, por ejemplo, que le prestes la navaja para sacar

punta a su pluma, y si te descuidas un poco, te despluma de tal forma,

que ni siquiera te deja la camisa.

Pero reconozco que nuestra oficina es diferente, y en toda ella reinan

una limpieza de conducta y una honradez tales, que ni por soñación puede

haberlas en la Administración Provincial. Además, todos los jefes se tratan

de usted. Confieso que, a no ser por la honradez y el buen tono de mi

oficina, hace ya mucho tiempo que hubiera dejado el departamento

ministerial.

Me puse el viejo capote y cogí el paraguas, pues llovía a cántaros. En la

calle no había nadie. Sólo tropecé con mujeres de pueblo que se arropaban

con los faldones de sus abrigos, comerciantes que caminaban

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resguardándose de la lluvia bajo sus paraguas, y cocheros. Gente bien no

se veía por ningún sitio, a excepción de nuestra modesta persona, que

caminaba bajo la lluvia. En cuanto la vi en un cruce, pensé en seguida:

"¡Eh, amiguito! Tú no vas a la oficina. Tú estás dispuesto a seguir a ésa

que va delante de ti y cuyas piernas estás mirando. ¡Qué locuras son ésas!

La verdad es que eres peor que un oficial. Basta con que pase cualquier

modistilla para que te dejes engatusar".

Precisamente en el momento en que estaba pensando esto vi cómo una

carroza se detenía ante un almacén junto al que yo me encontraba. En

seguida reconocí la carroza: era la de nuestro director. Me supuse que

debería de ser de su hija, pues él no tenía por qué ir a estas horas a un

almacén. El lacayo abrió la portezuela, y la joven saltó del coche, como un

pajarito. Echó unas miradas en torno suyo, y al alzar sus ojos sentí que mi

corazón quedaba herido... ¡Dios mío, estoy perdido! ¡Estoy perdido

irremediablemente!

Y ¿por qué habrá salido ella con este mal tiempo? Después de esto nadie

se atrevería a decir que las mujeres no se vuelven locas por los trapos.

Ella no me reconoció y yo procuré ocultarme y pasar inadvertido, pues

llevaba un capote muy manchado y cuyo corte, además, estaba pasado de

moda. Ahora se llevan las capas con cuellos muy largos, y el mío era muy

corto; además, el paño de mi capote distaba mucho de ser elegante. Su

perrita no tuvo tiempo de entrar y se quedó en la calle. Yo la conozco, se

llama Medji. No había transcurrido ni un minuto, cuando oí de repente

una vocecilla que decía:

—¡Hola, Medji!

Vaya. ¿Quién será el que habla? Miré y vi a dos señoras que caminaban

debajo de un paraguas. Una de ellas era ya anciana; la otra, muy

jovencita. Pero ellas ya habían pasado, y nuevamente volví a oír la misma

voz a mi lado.

—¡Debería darte vergüenza, Medji!

¡Qué diablos! Vi que Medji estaba olfateando el perro que iba con las dos

señoras. "¡Vaya! ¿No estaré borracho? —pensé para mis adentros—.

¡Menos mal que esto no me ocurre a menudo!"

—No, Fidele; estás equivocado. Yo estuve... Hau, hau... Yo estuve muy

enferma.

¡Vaya con la perrita! Confieso que me quedé muy sorprendido al oírle

hablar como una persona; pero después de reflexionarlo bien, no hallé en

ello nada extraño. En efecto, en el mundo se dan muchos ejemplos de la

misma índole. Cuentan que en Inglaterra emergió un pez y dijo dos

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palabras en un idioma extraño, tan raro, que desde hace dos o tres años

los sabios hacen investigaciones acerca de él y aún no han logrado

clasificarlo. También leí en los periódicos que dos vacas entraron en una

tienda y pidieron medio kilo de té. Pero reconozco que me quedé aún

mucho más sorprendido al oírle decir a Medji:

—¡Es verdad que te escribí, Fidele! Seguramente Polkan no te llevaría la

carta.

Aunque me juegue el sueldo, apostaría que nunca se ha dado el caso de

un perro que escriba. Sólo los nobles pueden escribir. Claro que también

algunos comerciantes, oficinistas y, a veces, hasta la gente del pueblo sabe

escribir un poco; pero lo hace de un modo mecánico, sin poner ni comas,

ni puntos, y, claro está, sin ningún estilo.

Esto me dejó muy sorprendido. He de confesar que desde hace algún

tiempo a veces oigo y veo unas cosas que nadie vio ni oyó jamás.

"Voy a seguir a esta perrita, y así me enteraré de quién es y de lo que

piensa", resolví para mí. Abrí el paraguas y me puse a seguir a las dos

señoras. Cruzamos la calle Gorojovaia y nos dirigimos a la calle

Meschanskaia, y desde allí a la de Stoliar, y, finalmente, llegamos al

puente de Kokuchkin, deteniéndonos ante una casa de grandes

dimensiones. "Conozco esta casa —pensé para mí—: es la de Zverkov. ¡Un

verdadero hormiguero! Pues sí que viven allí pocos cocineros y viajantes.

En cuanto a los empleados, abundan como chinches. Allí vive un amigo

mío que toca muy bien la trompeta."

Las señoras subieron al quinto piso. "Bueno —pensé— ahora me voy a

ir, pero antes he de fijarme bien en el sitio, para aprovecharlo en la

primera ocasión que se me presente."

4 de octubre

Hoy es miércoles, y por eso estuve en el despacho de nuestro director.

Vine a propósito un poco antes. Me senté y me puse a sacar punta a todas

las plumas. Nuestro director debe de ser un hombre muy inteligente; tiene

el despacho lleno de armarios con libros. Leí los títulos de algunos libros, y

todos son científicos; así que ni por soñación son asequibles a nosotros,

los empleados; además, todos están o en francés o en alemán. Cuando se

mira a nuestro director, le sorprende a uno por su aspecto imponente y

por la seriedad que refleja toda su persona. Todavía no he oído nunca que

haya dicho una palabra de más. Sólo cuando se le entregan los

documentos suele preguntar:

—¿Qué tiempo hace fuera?

—Hace mucha humedad, excelencia.

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La verdad es que las personas, como nosotros, no se pueden comparar

con él. Es lo que se dice un verdadero hombre de Estado. He notado, sin

embargo, que me tiene especial cariño. ¡Ah, si su hija...! ¡No, eso es una

canallada! ... Me entretuve leyendo La Abeja. ¡Qué gente tan estúpida son

los franceses! ¿Qué es lo que pretenden? ¡De buena gana los hubiera

cogido a todos y les hubiera dado una buena paliza!

Allí también leí la descripción de un baile hecha por un terrateniente de

la provincia de Kurck. Los terratenientes de Kurck suelen escribir muy

bien. Después me di cuenta de que eran ya las doce y media y que nuestro

director aún no había salido de su dormitorio. Pero a eso de la una y

media tuvo lugar un acontecimiento que ninguna pluma sería capaz de

relatar. Se abrió la puerta, yo me levanté de un salto con los papeles en la

mano, pensando que sería el director; pero cuál fue mi sorpresa cuando vi

que era ella. ¡Jesús, cómo iba vestida! Llevaba un traje blanco y vaporoso

como un cisne. ¡Y qué vaporoso! Y al alzar los ojos creí que me alcanzaban

los rayos del sol. Me saludó y dijo con una voz semejante a la de un

canario:

—¿No ha venido papá?

"Excelencia —quise decirle—, ¿quiere usted castigarme? Pues si tal es su

deseo, que lo haga su excelencia con su propia manita." Pero ¡qué

demonios! La lengua se me trabó; así es que sólo pude decir:

—No, no estuvo.

Ella me echó una mirada y miró también los libros y... dejó caer su

pañuelo. Yo me precipité en seguida para recogerlo, pero resbalé sobre ese

maldito entarimado y poco me faltó para caerme; sin embargo, logré

conservar el equilibrio y alcancé el pañuelo. ¡Señor, qué pañuelo! Era de

batista finísima.

Ella me dio las gracias y sus labios esbozaron una sonrisa un tanto

irónica; luego se fue. Yo me quedé una hora hasta que el criado vino y me

dijo:

—Márchese a casa, Aksenti Ivanovich. El señor ya salió.

No puedo soportar a los criados; siempre están tumbados en el

vestíbulo, y ni por casualidad le saludan a uno. Y no sólo eso, sino que un

día, a una de estas bestias se le ocurrió ofrecerme un poco de tabaco sin

levantarse de su sitio. ¡Como si no supiera el muy tonto que yo soy un

funcionario de familia noble! No obstante, cogí yo mismo mi sombrero y mi

capote y me los puse, pues sería inútil esperar ayuda de esa gente. Salí a

la calle. Al llegar a casa me pasé un buen rato tumbado en la cama.

Después copié unos versos muy bonitos:

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¡Mi almita! En tu ausencia, una hora,

un año completo parece pasado sin ti.

¡Odiosa es la vida, ya solo, señora!

Por eso yo pienso: "Si tú no vinieses, mejor es morir"

Deben de ser de Pushkin. Por la tarde, arropándome bien con mi capote,

fui a casa de su excelencia, en donde estuve esperando para ver si la veía

salir al subir en coche; pero ella no salió.

6 de noviembre

El jefe de personal me ha puesto fuera de mí. Hoy, cuando llegué a la

oficina, me hizo llamar y me dijo lo siguiente:

—Pero dime: ¿qué es lo que estás haciendo?

—¡Cómo! Yo no hago nada —le respondí.

—Bueno. Reflexiona un poco. Ya has pasado de los cuarenta; me parece

que es hora de que te vuelvas un poco más inteligente. ¿Crees acaso que

no estoy enterado de todas tus andanzas? ¡Sé muy bien que andas detrás

de la hija del director! Pero, hombre, ¡mírate al espejo! ¡Piensa en lo que

eres! ¡No eres más que un cero, que es menos que nada! ¡Si no tienes ni un

centavo! Pero ¡mírate..., mírate la cara en el espejo! ¡Cómo puedes tú

pensar en esas cosas!

¡Demonios! ¿Qué se habrá creído él? Si tiene cara de bola de billar con

cuatro pelos en la cabeza que se unta de pomada y lleva rizados que es

una irrisión. Y se cree que a él todo le está permitido. Ya comprendo por

qué está furioso: es que me tiene envidia. Seguramente habrá visto que soy

objeto de sus marcadas preferencias. ¡Pero ya puede decir cuanto quiera,

que me tiene sin cuidado! ¡Pues tampoco tiene tanta importancia un

consejero de la Corte! ¡Por llevar una cadena de oro en su reloj y

encargarse unas botas de 30 rublos se cree alguien! ¡Que se vaya al diablo!

¿Acaso se cree que soy hijo de un plebeyo o de un sastre o de un sargento?

Soy noble. También yo puedo llegar a obtener el mismo cargo que él. Sólo

tengo cuarenta y dos años, que en realidad es la edad cuando

precisamente se empieza a trabajar. ¡Espera, amigo: también yo llegaré a

ser coronel, y con la ayuda de Dios quizás algo más! También yo gozaré de

una reputación mejor que la tuya. ¿Qué te crees, que en el mundo no hay

hombre más formal que tú? Espera un poco: cuando yo tenga un frac

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cortado a la moda y una corbata como la tuya, entonces no me llegarás ni

a la punta de los zapatos. Lo malo es que no dispongo de medios.

8 de noviembre

Estuve en el teatro. Ponían Filatka, el tonto ruso. Me reí mucho. Daban

también un vaudeville con unos cuplés muy graciosos sobre los jueces,

particularmente uno que se refería a un consejero de registro, y que era

tan fuerte, que me extrañó que lo hubiera dejado pasar la censura. En

cuanto a los comerciantes se decía que abiertamente engañaban al pueblo,

y que sus hijos armaban unas juergas terribles y se esforzaban por llegar a

ser nobles. También había un cuplé muy gracioso sobre los periodistas y la

pasión que tienen de criticarlo todo; de modo que los autores de hoy en día

escriben unas piezas muy entretenidas. A mí me gusta mucho ir al teatro.

En cuanto tengo algún dinero en el bolsillo no puedo contenerme y voy.

Pero entre nosotros los empleados hay muchos que no van, aunque se les

regale el billete. También cantó muy bien una artista. Me acordé de

aquello..., ¡bueno, es una canallada!...; así es que no digo nada...

9 de noviembre

A las ocho fui a la oficina. El jefe de la sección hizo así como si no

reparara en mí y en que había llegado. Yo también hice como si entre

nosotros nada hubiera ocurrido. Me entretuve ojeando los anuncios y

luego comparándolos. Salí a las cuatro y pasé delante del piso del director,

pero no vi a nadie. Después de comer estuve casi todo el tiempo echado en

la cama.

11 de noviembre

Hoy estuve en el despacho de nuestro director y saqué punta a

veinticuatro plumas de su excelencia y a cuatro de su hija. A él le gusta y

encanta que haya muchas plumas. ¡Ah, qué cerebro el suyo! Siempre está

callado, pero su cabeza debe de estar siempre reflexionando. Me hubiera

gustado saber en qué suele pensar y qué es lo que encierra aquella cabeza.

Me interesaría observar de cerca la vida de estos señores, conocer todas

las intimidades y las intrigas de la Corte, saber cómo piensan y lo que

suelen hacer entre ellos. Muchas veces pensé entablar conversación con

su excelencia, pero el caso es que mi lengua se niega a obedecerme. Sólo

consigue pronunciar: "Afuera hace frío o calor", y de allí no pasa. Me

hubiera gustado echar una mirada al salón cuya puerta a veces está

abierta, y también a las otras habitaciones. ¡Qué lujo y qué riqueza hay

allí! ¡Qué espejos y qué porcelanas! ¡Cuánto me alegraría echar una mirada

a aquella parte del piso donde se encuentra la hija de su excelencia! ¡Ah,

esto sí que me gustaría!... Estar allí en el tocador, donde hay todos esos

tarritos y cajitas, esas flores tan delicadas que da miedo tocarlas; ver su

vestido, más ligero que el aire, por allí tirado. Me encantaría ver su

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dormitorio... Debe de ser un sueño, un verdadero paraíso de ésos que ni

en el cielo existen. Si pudiera ver el taburetito sobre el cual pone el pie al

levantarse de la cama y cómo se pone una media blanca como la nieve

sobre aquella pierna... ¡Ay, Señor!... No. Mejor es que me calle y no diga

nada...

Sin embargo, hoy parece ser que el cielo me ha iluminado, pues de

repente me acordé de la conversación que oí en el Nevski a los dos perros.

"Está bien —pensé para mis adentros— ahora lo averiguaré todo. Es

preciso que intercepte la correspondencia de estos dos perros, pues ella me

procurará muchos datos." He de confesar que una vez llamé a Medji y le

dije:

—Escúchame, Medji: ahora estamos solos; si quieres, hasta puedo cerrar

la puerta para que nadie nos vea. Anda, cuéntame todo lo que sepas sobre

tu señorita: dime cómo es, y yo te juro que no se lo diré a nadie.

Pero la muy tuna encogió el rabo entre las patas y se escabulló

silenciosamente por la puerta como si no hubiera oído nada. Sospeché

desde hace tiempo que los perros son mucho más inteligentes que las

personas, y que incluso pueden hablar; sólo que son bastante tercos. El

perro es un verdadero político: todo lo nota, no se le escapa ni un paso del

hombre. Mañana sin falta he de ir a casa de Zverkov. Interrogaré a Fidele,

y si puedo, le cogeré todas las cartas que le escribe Medji.

12 de noviembre

Al día siguiente salí a las dos, con la firme intención de ver a Fidele y de

interrogarla. El olor a repollo que sale de todas las tiendas de la calle

Meschanskaia me pone enfermo, y además, las alcantarillas de las casas

tienen un olor tal, que no tuve más remedio que taparme la nariz con el

pañuelo y echar a correr. Aquí es imposible pasear, pues toda esa gente

que trabaja en oficios llena la calle de humo y hollín.

Al tocar la campanilla, vino a abrirme una joven bastante mona, con la

cara salpicada de pecas; era la misma que acompañaba a la anciana. Se

ruborizó un poco al verme, y yo comprendí en seguida que ansiaba tener

novio.

—¿Qué desea? —me preguntó.

—Necesito hablar con su perrita —le respondí. La joven era tonta y yo lo

noté en seguida. Mientras tanto, la perrita se precipitó ladrando; yo quise

cogerla, pero la muy bribona por poco no me muerde la nariz. Pero yo ya

había visto su nido o camita, y era justamente lo que buscaba. Me acerqué

a él y revolví la paja que había en un cajón; con sumo placer vi un paquete

con pequeños papelitos. Esa maldita, al ver lo que hacía, me mordió

primero en la pantorrilla, y después, al darse cuenta de que yo cogía los

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papeles, empezó a ladrar con ademán de acariciarme; pero yo le dije: "No,

guapa; no hay nada que hacer". Me parece que la joven debió de tomarme

por un loco, pues se asustó terriblemente. Al llegar a casa quise ponerme

en seguida a descifrar esos papeles, porque no veo muy bien a la luz de las

velas. Pero a Marva se le ocurrió fregar el suelo. Estas estúpidas

finlandesas siempre son de lo más inoportunas. Así es que no me quedó

otro remedio que el de ponerme a pasear reflexionando sobre lo ocurrido.

Ahora, por fin, iba a enterarme de todo; las cartas me lo revelarían todo.

Los perros son muy inteligentes y no ignoran todas las relaciones íntimas;

por eso seguramente en ellas hallaré la descripción del marido y de sus

asuntos. De seguro que encontraré allí algo referente a ella... ¡No, más vale

callarse! Al atardecer llegué a casa y estuve la mayor parte del tiempo

acostado en la cama.

13 de noviembre

Bueno; vamos a ver. La carta parece bastante clara; sin embargo, la letra

pone en evidencia al perro.

Leamos:

"Querida Fidele: Aún no puedo acostumbrarme a un nombre tan

mezquino como el tuyo. ¡Como si no hubieran podido ponerte otro mejor!

Fidele, Rosa, todos esos nombres son de un cursi subido. Pero dejemos

esto a un lado. Estoy muy contento de que se nos haya ocurrido entrar en

correspondencia..."

La carta estaba redactada muy correctamente en cuanto a la puntuación

y ortografía. Ni nuestro jefe de sección sería capaz de hacer otro tanto,

aunque asegura haber estado estudiando en una universidad. Veamos

más adelante:

"Me parece que uno de los mayores placeres en el mundo está en

cambiar pensamientos, impresiones y sentimientos con los demás..."

¡Bueno! Éste es un pensamiento cogido de una obra traducida del

alemán y cuyo título no recuerdo ahora.

"Lo digo por experiencia, aunque no haya corrido mucho mundo, pues

no he pasado la verja de nuestra casa. Pero ¿acaso mi vida no transcurre

felizmente? Mi señorita Sofía, así la llama papá, me quiere con locura..."

¡No está mal! ¡No está mal! ¡Pero callémonos!...

"Papá también me acaricia a menudo. Además me dan café con nata.

¡Ah, ma chère!7 He de decirte que no encuentro nada en los grandes

huesos, bien pelados, que come Polkan en la cocina. Los huesos sólo son

buenos cuando provienen de alguna cacería y a condición de que no hayan

chupado ya el tuétano. También está muy bien mezclar algunas salsas,

Diario de un loco Nicolai Gogol

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pero sin verduras ni especias. Pero no hay cosa peor que esa costumbre

que tiene la gente de dar a los perros migas de pan hechas bolitas.

Siempre, durante las comidas, algún señor empieza a triturar las migas de

pan con sus manos, que Dios sabe qué porquerías habrán tocado antes, y

te llama después para meterte entre los dientes esa dichosa bolita.

Rechazarlo resultaría descortés; así es que no tienes más remedio que

comértela a pesar del asco que te infunde..."

¡Voto a mil diablos, qué tontería! ¡Como si no hubiera nada mejor sobre

qué escribir! Veamos si en la otra carilla hay algo más interesante.

"Me place mucho informarte de todo cuanto ocurre en nuestra casa.

Creo que ya te hablé del señor más importante de la casa, al cual Sofía

llama papá. Es un hombre muy raro..."

¡Ah, por fin! Ya sabía yo que los perros tienen opiniones políticas sobre

todas las cosas. Veamos lo que dice sobre papá...

"...Un hombre muy raro. Permanece la mayoría del tiempo callado. Rara

vez habla; pero la semana pasada hablaba sin cesar consigo mismo. No

hacía más que preguntarse: '¿Lo recibiré o no?' Cogía un papel en una

mano, mientras la otra permanecía vacía, y volvía a repetir: '¿Lo recibiré o

no?' Una vez hasta se dirigió a mí con la siguiente pregunta: 'Tú qué crees,

Medji, ¿lo recibiré o no?' Yo no pude comprender lo que quería decirme con

eso; sólo olfateé su zapato y me fui. Una semana después, ma chère, papá

estaba loco de alegría. Toda la mañana recibió visitas de unos señores

vestidos de uniforme que le felicitaron por algo. Durante la comida estuvo

tan alegre como nunca le viera; no paraba de contar chistes. Después de

comer, me levantó en sus brazos y me acercó a su cuello, diciéndome:

'¡Mira, Medji, lo que llevo!' Yo vi sólo una cinta, la olfateé, pero no hallé en

ella ni el menor aroma; finalmente, la lamí con cuidado, estaba algo

salada."

¡Bueno! Me parece que este perro es un poco demasiado atrevido. Haría

falta darle una buena paliza. ¡Así, pues, nuestro hombre es ambicioso!

Habrá que tenerlo en cuenta.

"Adiós, ma chère. Me marcho corriendo... Mañana acabaré la carta.

"¡Hola, otra vez estoy contigo! Hoy, con Sofía, mi señorita..."

¡Ah, veamos lo que pasa con Sofía! ¡Es una canallada! Bueno, no

importa, no importa; vamos a continuar...

"...Sofía, mi señorita, estuvo todo el día sumamente agitada. Se

preparaba a asistir a un baile, y yo me alegré, pues aprovecharía su

ausencia para escribirte. Mi Sofía está siempre muy contenta cuando va a

un baile, aunque mientras se arregla siempre está enfadada. No logro

Diario de un loco Nicolai Gogol

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comprender, ma chère, el placer que encuentra la gente yendo a un baile.

Sofía vuelve a casa a las seis de la mañana. Y siempre veo, por su aspecto

cansado y su cara pálida, que a la pobrecilla no le han dado de comer.

Confieso que jamás podría vivir de este modo. Si no me dieran perdices

con salsa o alas de pollo fritas, no sé lo que sería de mí. También es muy

bueno un poco de salsa con kacha.8 Pero las zanahorias, las alcachofas y

los nabos nunca serán buenos..."

Tiene un estilo irregular. En seguida se ve que esta carta no ha sido

escrita por una persona. Empieza bien, pero acaba de cualquier forma.

Veamos otra carta; parece demasiado larga; además, no lleva ni fecha.

"¡Ay, querida mía! Cómo siente una la proximidad de la primavera. Mi

corazón palpita como si aguardara algo. Me zumban los oídos. Así es que a

menudo tengo que levantar la pata y me apoyo y acerco a una puerta para

escuchar. He de decirte que tengo muchos admiradores. A menudo los

contemplo sentada en la ventana. ¡Ay, si supieras qué feos son algunos!

Uno de ellos es de lo más vulgar, es un perro callejero de lo más estúpido y

creído; camina por la calle dándose aires de importancia. Y cree que todos

han de mirarle. Pero ¡qué va, yo ni siquiera me he fijado en él! También un

dogo, de aspecto terrible, suele pararse ante mi ventana. Si se levantara

sobre las patas traseras, lo que de seguro el muy tonto no sabrá hacer, le

llevaría la cabeza al papá de Sofía, no obstante ser éste un hombre

bastante alto y corpulento. Debe de ser de lo más insolente. Yo gruñí un

poco en dirección suya; pero él, como si nada. Podría haberme hecho un

guiño, pero es un bruto, no tiene modales. Se está mirando mi ventana,

con sus orejas largas y su lengua al aire. ¿Y crees acaso que mi corazón

permanece insensible a todas estas ofertas? No, te equivocas, ma chère...

¡Si hubieras visto a uno de mis admiradores, llamado Trésor, cuando salta

la verja de la casa vecina!... ¡Ay ma chère, qué carita tiene!"

¡Bah! ¡Qué asco! ¡Qué demonios! ¿Cómo es posible llenar las páginas con

semejantes tonterías? Ya no quiero saber nada de perros; quiero a una

persona. Sí, eso es, una persona para que pueda enriquecer el caudal de

mi alma..., y en vez de ello, ¡qué es lo que encuentro! ¡Tonterías, sólo

tonterías! Demos la vuelta a la página, a ver si hay algo mejor.

"Sofía estaba sentada junto a una mesita cosiendo; yo miraba por la

ventana a los paseantes, pues me gusta mucho observarlos, cuando entró

el lacayo y anunció:

"—El señor Teplov.

"—Que pase —exclamó Sofía, y se abalanzó sobre mí para besarme—.

¡Ay, Medji! ¡Si supieras quién es! Es un gentilhombre de la Cámara,

moreno, con ojos negros y brillantes como el fuego.

Diario de un loco Nicolai Gogol

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"Sofía se marchó corriendo a su habitación. Un minuto después entraba

el joven gentilhombre de la Cámara, que gastaba patillas. Se acercó al

espejo y se atusó el cabello, luego inspeccionó la habitación. Yo dejé oír un

gruñido y me senté en mi sitio. Sofía no tardó en venir y respondió

alegremente a su saludo, y yo, como si no reparase en nada, continuaba

mirando por la ventana, no obstante haber inclinado la cabeza en

dirección a ellos para oír lo que decían. ¡Ay ma chère! ¡De qué tonterías

hablaban! Hablaban de una señora que durante el baile se equivocó e hizo

una figura en vez de otra; de un tal Bobov, que llevaba charretera y se

parecía mucho a una cigüeña, y que por poco se cae. También contaron

que una tal Lidina se imaginaba tener los ojos azules, cuando en realidad

los tenía verdes, y otras tonterías por el estilo. '¡Qué diferencia tan grande

hay entre el gentilhombre y Trésor!', pensé para mí. Ante todo, el

gentilhombre tiene una cara ancha y completamente plana, con unas

patillas alrededor, como si se las hubiera atado con un pañuelo negro.

Trésor, sin embargo, tiene una carita fina y en la frente una pequeña calva

blanca. ¡En cuanto al talle de Trésor, ni se le puede comparar con el de

Teplov! ¡Y no hablemos ya de los ojos y de los modales! ¡Jesús, qué

diferencia! ¡No sé, ma chère, lo que ha podido encontrar en su Teplov y por

qué se muestra tan entusiasmada!..."

A mí también me parece eso un poco extraño. No puede ser que Teplov la

haya seducido hasta tal punto. Veamos más adelante.

"Me parece que, si le gusta este gentilhombre, le ha de gustar también

ese funcionario que está en el despacho de papá. ¡Ay ma chère, si vieras

qué feo es! Se parece a una tortuga vestida con un saco...

"¿Quién será este funcionario?... Tiene un apellido rarísimo. Siempre

está sentado sacando punta a las plumas. Su pelo es como el heno y papá

lo manda siempre en lugar del criado..."

Me parece que esta perra maldita hace alusiones sobre mí. ¡Pero qué voy

a tener yo el pelo como el heno!

"Sofía no puede por menos que reírse cada vez que le ve..."

¡Mientes, perra maldita! ¡Habráse visto qué lengua de víbora! ¡Como si yo

no supiera que todo ello es pura envidia! Acaso se figura que ignoro que

son cosas del jefe de sección. Ya sé que me tiene un odio feroz y que hace

cuanto está en sus manos para fastidiarme. Pero voy a mirar otra carta.

Puede que encuentre allí la clave de todo.

"Mi querida Fidele, perdóname por no haberte escrito en tanto tiempo,

pero es que estaba completamente hechizada. Ha dicho un escritor que el

amor es una segunda vida, y esto es muy exacto. Además, en casa han

sucedido grandes cambios. El gentilhombre viene ahora todos los días, y

Sofía está perdidamente enamorada de él. Papá está muy contento. Hasta

Diario de un loco Nicolai Gogol

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le oí decir a Gregorio, que es el que nos barre el suelo y que casi siempre

habla consigo mismo solo, que pronto habrá boda, porque papá quiere

casar a Sofía, o con un general, o con un gentilhombre de Cámara, o con

un coronel..."

¡Qué diablos! No puedo seguir leyendo... Todo lo mejor ha de ser

siempre, o para un gentilhombre de Cámara o para un general. ¡Parece

que has encontrado un pobre tesoro y crees que podrás conseguirlo, pero

te lo arrebata un general o un gentilhombre de Cámara! ¡Qué demonios!

Quisiera ser general, no para obtener su mano y las demás cosas, sino

para ver con qué consideración iban a tratarme y cuántos miramientos me

dedicarían. Después podría decirles en pleno rostro que me importaban un

bledo.

¡Demonios, qué pena! Rompí en mil pedazos las cartas de la estúpida

perra.

3 de noviembre

No puede ser. Es mentira. ¡La boda no se efectuará! ¡Qué más da que sea

un gentilhombre de Cámara! Esto no es más que un cargo de dignidad, no

es ninguna cosa visible que se pueda coger con las manos. Por ser él un

gentilhombre de Cámara no le va a salir otro ojo en la frente ni va a tener

una nariz de oro, sino que la tiene igual que yo y que todos los demás

mortales; pero no come ni tose con ella, sino que huele y estornuda como

todos. Ya en diversas ocasiones quise averiguar de dónde provenían

semejantes diferencias. ¿Por qué he de ser yo un consejero titular y con

qué motivo? Puede que yo sea algún conde o algún general, y que sólo así

paso por un consejero titular. Quizás ignore yo mismo quién soy. ¡Cuántos

ejemplos hay en la historia! Se ha dado el caso de que un sencillo villano,

no digamos ya un noble, o un vulgar campesino de repente descubre que

es todo un personaje e incluso, a veces, un rey. ¡Y si un sencillo mujik llega

a estas alturas, qué será entonces de un noble! Si por ejemplo, de repente

entrase yo vestido con el uniforme de general, llevando una charretera en

el hombro derecho y otra en el izquierdo, y con una cinta azul en el pecho,

¿qué pasaría entonces? ¿Qué diría mi hermosa ninfa? ¿Se opondría su

papá, nuestro director? ¡Oh! Él es muy vanidoso. Es un masón, no cabe

duda de que es masón, aunque aparente ser tan pronto una cosa como

otra. Pero yo en seguida me di cuenta de que era masón, y si le tiende la

mano a uno, sólo le da los dos dedos. ¿Acaso no puedo ser nombrado

ahora mismo general, gobernador o intendente, o recibir cualquier cargo

importante? ¿Me gustaría saber por qué soy consejero titular? ¿Sí, por qué

he de ser precisamente consejero titular?

5 de diciembre

Diario de un loco Nicolai Gogol

14

Hoy estuve toda la mañana leyendo periódicos. ¡Qué cosas tan raras

suceden en España! ¡Hasta me fue imposible comprenderlo del todo! Se

dice que el trono se halla vacante y que los altos dignatarios están en una

situación muy difícil respecto a la elección del heredero, y que de allí

proviene la indignación general. Esto me parece sumamente extraño.

¿Cómo puede estar el trono vacante? Dicen también que cierta doña ha de

subir al trono. Pero una doña no puede subir al trono, eso es imposible,

pues el trono debe ser ocupado por un rey. Pero dicen que no hay rey, mas

es inadmisible que no haya un rey. Un Estado no puede estar sin un rey.

Este debe de existir, pero seguramente está de incógnito. A lo mejor, se

encuentra allí mismo; pero por razones de índole familiar o por temor a las

potencias vecinas, como Francia y los demás países, se ve obligado a

esconderse. También puede ser por otros motivos.

8 de diciembre

Ya estaba dispuesto a ir a la oficina, pero me detuvieron diferentes

motivos y en particular mis reflexiones. No puedo dejar de pensar en los

asuntos de España. ¿Cómo puede ser que una doña sea reina? No lo

permitirían. Inglaterra, sobre todo, no lo permitiría, y, además, los asuntos

políticos de toda Europa. También se opondrán a ello el emperador de

Austria y nuestro zar... Confieso que estos acontecimientos obraron con

tanta fuerza sobre mí, que fui incapaz de hacer nada durante todo el día.

Marva me hizo observar que durante la comida estuve muy agitado. En

efecto, al parecer, dejé caer dos platos al suelo, que se hicieron añicos; tan

distraído me hallaba. Después de comer, salí; pero no pude sacar nada en

limpio. Después, estuve la mayor parte del tiempo tumbado en la cama,

reflexionando sobre los asuntos de España.

Año 2000, 3 de abril

¡Hoy es un gran día! ¡En España hay un rey! ¡Por fin ha sido encontrado!

Y este rey soy yo. Reconozco que al parecer me ha iluminado un rayo. No

comprendo cómo pude pensar e imaginarme que era un consejero titular.

¿Cómo pudo ocurrírseme una idea tan loca? Menos mal que entonces no

se le antojó a nadie meterme en una casa de locos. Ahora me ha sido

revelado todo, ahora lo veo todo con claridad. Antes no comprendía, antes

diríase que todo lo que veía estaba sumido en la niebla. Todo esto sucede,

creo yo, porque la gente se imagina que el cerebro de una persona está en

su cabeza; pero no es así, es el viento quien lo trae del mar Caspio.

Primero declaré a Marva quién era yo. Al enterarse de que se hallaba ante

el rey de España, alzó los brazos al cielo y por poco se muere del susto.

Ella es tonta y jamás habrá visto al rey de España. Sin embargo, procuré

calmarla y le aseguré con palabras indulgentes que estaba lleno de

benevolencia para con ella y que no le guardaba rencor por haberme

limpiado mal los zapatos algunas veces. Hace falta tener en cuenta que la

pobre forma parte del pueblo y que no se le puede hablar de temas

Diario de un loco Nicolai Gogol

15

elevados. Se asustó porque está convencida de que todos los reyes de

España son como Felipe II. Pero yo le expliqué que entre Felipe II y yo no

había el menor parecido, y que yo no tenía capuchinos. No fui a la oficina.

¡Que se vaya al diablo! ¡No¡ ya no me cogeréis más, amigos! ¡Se acabó, ya

no copiaré más vuestros odiosos documentos!

86 de marzo

Entre el día y la noche.

Hoy vino a verme el ejecutor con el propósito de que fuera a la oficina,

pues hacía más de tres semanas que no aparecía por allí. Yo fui a la

oficina por pura broma. El jefe de sección pensaba seguramente que yo iba

a saludarle y pedirle excusas; pero yo sólo le eché una mirada indiferente,

que no era ni demasiado colérica ni demasiado familiar o benévola. Miré a

todos esos bribones que estaban en la cancillería, y pensé: "¿Qué pasaría

si supierais quién está entre vosotros?..." ¡Dios mío! ¡Qué jaleo se armaría!

El jefe de la sección en persona vendría a saludarme, haciéndome un

profundo saludo, igual que hace ahora con nuestro director. Pusieron

delante de mí unos documentos para que hiciera un resumen de ellos.

Pero yo ni siquiera moví un dedo. Unos cuantos minutos después todos se

hallaban sumamente agitados; al parecer, iba a venir el director. Muchos

empleados se precipitarían a su encuentro. Pero yo no me moví de mi sitio.

Cuando el director pasó por nuestra sección, todos se abrocharon el frac;

mas yo no hice nada. ¡Venía el director! Bueno, ¿y qué? ¡Jamás iba a

levantarme delante de él! ¡Qué era un director! (¡Era un corcho y no un

director! Un corcho de lo más corriente y nada más.) Uno de esos corchos

con los que se tapan las botellas. Lo que más me hizo gracia fue cuando

me trajeron un documento para que lo firmase. Ellos se figuraban que iba

a firmar humildemente en el bajo de la página, pero yo escribí en el sitio

principal, allí donde firma el director, Fernando VIII. Hacía falta ver qué

silencio tan religioso reinó en la sala. Yo sólo hice un ademán con la mano

y dije: "No son necesarios juramentos de fidelidad". Después de lo cual

salí. Me fui directamente al piso del director, que no estaba en casa. El

criado no quería dejarme pasar; pero yo le dije unas cuantas palabras, y

su efecto fue tal, que se quedó helado con los brazos caídos. Me dirigí sin

cavilar al gabinete. La hallé sentada ante el espejo. Al entrar yo, dio un

salto atrás. Yo, sin embargo, no le dije que era el rey de España; sólo le

declaré que la esperaba una felicidad tal, que ni siquiera podía

imaginársela, y que, a pesar de todas las intrigas de nuestros enemigos,

estaríamos juntos. No quise decirle más, y salí. ¡Oh, qué ser más pérfido es

la mujer! Sólo ahora he comprendido lo que son las mujeres. Hasta ahora

nadie sabía de quién estaba enamorada la mujer. Yo fui el primero en

Diario de un loco Nicolai Gogol

16

descubrirlo. La mujer está enamorada del demonio. Sí, y esto no es

ninguna broma. Los fisiólogos escriben tonterías acerca de ella; pero ella

sólo ama al demonio. Mire, desde el palco pasea sus gemelos. ¿Cree usted

que mira a ese señor gordo con una condecoración? Nada de eso, mira al

demonio que tiene detrás de su espalda. ¡Mírele, se ha escondido en la

condecoración! ¡Mire ahora cómo le hace señas con el dedo! Y ella se

casará con él.

Sí, se casará. Y todos esos funcionarios padres de familia, todos esos que

se insinúan en todos los sitios procurando introducirse en la Corte, y dicen

que son patriotas y esto y aquello, todos esos patriotas no aspiran más que

a conseguir arrendamientos. Serían, por dinero, capaces de vender a su

madre, a su padre e incluso a Dios.

Todo esto no es más que vanidad, y eso se explica, porque debajo de la

lengua hay una pequeña ampolla, y dentro de ella, un gusanillo del

tamaño de un alfiler, y todo esto lo hace cierto barbero que vive en la calle

Gorojovaia. No me acuerdo cómo se llama; pero todo el mundo sabe que

quiere predicar el mahometismo por el mundo entero, junto con una

comadrona. Por eso dicen que en Francia la mayoría de las personas se

convierten al mahometismo.

Cierta fecha

El día era sin fecha. Me paseé de incógnito por el Nevski. Pasó el coche

del zar, y toda la gente se quitó el sombrero; yo también lo hice y me

comporté como si no fuera rey de España. Encontré poco adecuado

descubrir mi personalidad, así, delante de todos. Ante todo, he de

presentarme en la Corte. Lo único que me retiene hasta ahora es que no

tengo ningún traje de rey. Si por lo menos pudiera conseguir algún

manto... Pensé encargárselo al sastre; pero esta gente es tan burra, y,

además, no cuidan de su trabajo desde que se han dedicado a los asuntos,

y se están la mayoría del tiempo en la calle. Decidí hacer el manto de mi

nuevo uniforme de gala, que sólo me puse dos veces; pero temiendo que

estos granujas fueran a estropeármelo, resolví hacerlo yo mismo. Cerré la

puerta de mi cuarto para que nadie me viera, y emprendí la labor. Lo

desarmé todo con ayuda de las tijeras, pues su corte ha de ser totalmente

distinto.

No me acuerdo de la fecha ni tampoco del mes. El diablo sabrá qué mes

era.

El manto ya está acabado. Marva dio un grito cuando me lo vio puesto.

Sin embargo, no me atrevo aún a presentarme en la Corte. Hasta ahora no

ha llegado la diputación de España. Y sin la diputación resultaría

Diario de un loco Nicolai Gogol

17

incorrecto. Rebajaría con ello mi dignidad. La estoy esperando a cada

momento.

Día 1º

Me extraña que los diputados tarden tanto. ¿Qué motivos pudieron

retenerlos? ¿Acaso Francia? Sí, es el reino más desfavorable a todo. Fui a

Correos para informarme de si habían llegado los diputados españoles.

Pero el empleado de allí es completamente estúpido y no sabe nada. Sólo

me dijo: "No; aquí no hay ningún diputado español; pero si quiere mandar

una carta, puede hacerlo y nosotros la certificaremos según la tarifa

indicada". ¡Voto a mil diablos! ¡Quién habla de cartas! Eso son tonterías.

Las cartas sólo las escriben los farmacéuticos...

Madrid, 30 de febrero

Y heme aquí en España. Esto ha sucedido con tanta rapidez, que apenas

si puedo volver de mi asombro. Esta mañana se presentaron en casa los

diputados españoles, y yo me fui con ellos en una carroza. Me extrañó la

extraordinaria rapidez del viaje, íbamos con tanta velocidad, que en menos

de media hora llegamos a la frontera de España. Claro está que ahora en

toda Europa los caminos de hierro colado son muy buenos y el servicio de

barcos está muy organizado. ¡Qué país tan extraño es España! Al entrar en

la primera habitación, vi a muchas personas con el pelo cortado al rape, y

en seguida me figuré que debían de ser dominicos o capuchinos, pues

tienen el hábito de afeitarse la cabeza. El comportamiento del canciller de

Estado conmigo me pareció de lo más extraño: me llevó de la mano y me

condujo a un cuarto, a cuyo interior me empujó, diciéndome:

—Quédate aquí. Y si persistes en pasar por Fernando, ya te quitaré yo

las ganas de seguir haciéndolo.

Pero yo sabía que esto no era más que una prueba, y protesté

enérgicamente, lo que me valió por parte del canciller dos golpes en la

espalda. Fueron tan dolorosos, que me faltó poco para gritar; pero me

contuve al pensar que esto era sólo una costumbre caballeresca que

siempre tenía lugar en los grandes acontecimientos, ya que en España se

conservaban aún las tradiciones caballerescas. Al quedarme solo decidí

ocuparme de los asuntos de Estado. Descubrí que la China y España eran

el mismo país, y que sólo por ignorancia se consideran como estados

diferentes. Aconsejo a todo el mundo que escriba en un papel la palabra

España, y verá como sale China.

Diario de un loco Nicolai Gogol

18

Pero me está disgustando sumamente un acontecimiento que tendrá

lugar mañana. Mañana, a las siete, se producirá un fenómeno terrible. La

Tierra va a sentarse sobre la Luna. Acerca de esto ha escrito el célebre

químico inglés Wellington. Confieso que sentí cómo mi corazón empezaba a

latir de inquietud al pensar en la delicadeza y falta de resistencia de la

Luna. Todos sabemos que la Luna se fabrica generalmente en Hamburgo,

y, además, muy mal. Me sorprende cómo Inglaterra no presta atención a

ello. La fabrica un tonelero cojo, y es evidente que el muy tonto no tiene el

menor conocimiento de la Luna. Ha puesto una cuerda de alquitrán y el

resto es de aceite de madera, y por eso huele tan mal por toda la Tierra, de

tal forma que tiene uno que taparse las narices. Pero la Luna es un globo

tan delicado, que es imposible que la gente viva allí, y ahora sólo viven las

narices. Ésta es la razón por la cual no podemos ver nuestras narices, ya

que todas están en la Luna. Al pensar que la Tierra, materia pesada y

potente, iba a sentarse sobre la Luna, y al imaginarme el tormento que

sufrirían nuestras narices, se apoderó de mí una inquietud tal, que me

puse los calcetines y me calcé en el acto para correr a la sala del Consejo

de Estado y dar órdenes, con el fin de que la policía no permitiese a la

Tierra sentarse sobre la Luna. Los numerosos capuchinos que hallé en la

sala del Consejo de Estado eran personas muy inteligentes, y cuando les

dije: "Caballeros, salvemos a la Luna, porque la Tierra quiere sentarse

encima de ella", todos en el acto se precipitaron para cumplir mi real

deseo. Algunos treparon por las paredes con el fin de alcanzar la Luna;

pero en aquel momento entró el gran canciller. Al verle, todos echaron a

correr y yo, como rey, me quedé solo. Pero, con gran sorpresa por mi parte,

me golpeó con un palo y me echó a mi cuarto. Tal es el poder de las

costumbres populares y tradicionales en España.

Enero del mismo año, que tuvo lugar después de febrero

Hasta ahora no puedo comprender qué país tan raro es España. Las

costumbres populares y el ceremonial de la Corte son completamente

extraordinarios. No comprendo, decididamente no comprendo nada. Hoy

me han afeitado la cabeza, a pesar de que grité como un condenado,

diciendo que no quería ser un monje. Pero ya soy incapaz de recordar lo

que me pasó cuando empezaron a verterme agua fría sobre la cabeza.

¡Jamás experimenté un infierno semejante! Estaba a punto de volverme

rabioso, y apenas pudieron retenerme. No comprendo el significado de esta

extraña costumbre. ¡Es una costumbre estúpida, absurda! Me niego a

comprender la insensatez de los reyes, que hasta ahora no han sabido

deshacerse de estas costumbres. A juzgar por todo, me figuro que habré

caído en manos de la Inquisición, y seguramente aquel a quien tomé por el

canciller no es más que el gran inquisidor. Pero lo único que aún no logro

comprender es cómo un rey puede someterse a la Inquisición. Claro que de

esto pueden tener la culpa Francia y Polignac. ¡Ah, este Polignac! ¡Qué

Diario de un loco Nicolai Gogol

19

bestia! ¡Juró oponerse a mí hasta la muerte! Y por eso me persiguen todo

el tiempo; pero ya sé, amigo mío, que obras bajo la presión de Inglaterra.

Los ingleses son unos grandes políticos que siempre se insinúan en todos

los sitios. Y sabe el mundo entero que cuando Inglaterra aspira rapé,

Francia estornuda.

Día 25

Hoy el gran inquisidor vino a mi habitación. Pero yo, en cuanto oí sus

pasos desde lejos, me escondí debajo de la silla. Él, al ver que no estaba

empezó a llamarme. Al principio gritó:

—¡Poprischew!

Yo permanecí callado.

Después dijo:

—¡Aksanti Ivanovich, consejero titular, noble!

Pero yo permanecía callado.

—¡Fernando VIII, rey de España!

Yo quise sacar la cabeza, pero pensé: "No, amigo, ya no me engañas.

Otra vez me vas a echar agua fría sobre la cabeza". Pero debió de verme, y

me hizo salir con su palo de debajo de la silla. ¡Qué daño hace ese maldito

palo! Sin embargo, fui recompensado de todo con el hallazgo que hice hoy.

Descubrí que cada gallo tiene una España y que la lleva debajo de las

plumas. Pero el gran inquisidor se fue muy enfadado, amenazándome con

terribles castigos. Yo no hice caso de su ira impotente, ya que obra sólo

como una máquina, como un instrumento en mano de los ingleses.

Día 34 de febrero de 343

¡No! ya no tengo fuerzas para aguantar más! ¡Dios mío!, ¿qué es lo que

están haciendo conmigo? Me echan agua sobre la cabeza. No me hacen

caso, no me miran ni me escuchan. ¿Qué les he hecho yo, Señor? ¿Por qué

me atormentan? ¿Qué es lo que esperan de mí? ¡Ay, infeliz de mí! ¿Qué les

puedo dar yo? Yo no tengo nada. No tengo fuerzas, no puedo aguantar más

todos los martirios que me hacen. Tengo la cabeza ardiendo, y todo da

vueltas en torno mío. ¡Sálvenme, llévenme de aquí! ¡Que me den una troika

con caballos veloces! ¡Siéntate, cochero, para llevarme lejos de este mundo!

¡Más lejos, más lejos, para que no se vea nada!... ¡Cómo ondea el cielo

delante de mí! A lo lejos centelleaba una estrella, el bosque de árboles

Diario de un loco Nicolai Gogol

20

sombríos desfila ante mis ojos, y por encima de él asoma la luna nueva.

Bajo mis pies se extiende una niebla azul oscura; oigo una cuerda que

sueña en la niebla; de un lado está el mar, y del otro, Italia; allí, a lo lejos,

se ven las chozas rusas. ¿Quizá sea mi casa la que sé vislumbra allá a lo

lejos? ¿Es mi madre la que está sentada a la ventana? ¡Madrecita, salva a

tu pobre hijo! ¡Vierte unas cuantas lágrimas sobre su cabeza enferma!

¡Mira cómo le martirizan! ¡Ampara en tu pecho a tu pobre huérfano! En el

mundo no hay sitio para él. ¡Lo persiguen! ¡Madrecita, ten piedad de tu

niño enfermo!... ¡Ah! ¿Sabe usted que el bey de Argel tiene un bulto debajo

de la nariz?

Libros Tauro

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