lunes, 12 de julio de 2010

MITO Y REALIDAD

MITO Y REALIDAD. CAPÍTULO I y II


Mircea Eliade

CAPÍTULO I

LA ESTRUCTURA DE LOS MITOS

LA IMPORTANCIA DEL «MITO VIVO»

Desde hace más de medio siglo, los estudiosos occidentales han situado el estudio del

mito en una perspectiva que contrastaba sensiblemente con la de, pongamos por

caso, el siglo XIX. En vez de tratar, como sus predecesores, el mito en la acepción

usual del término, es decir, en cuanto «fábula», «invención», «ficción», le han

aceptado tal como le comprendían las sociedades arcaicas, en las que el mito

designa, por el contrario, una «historia verdadera», y lo que es más, una historia de

inapreciable valor, porque es sagrada, ejemplar y significativa. Pero este nuevo valor

semántico acordado al vocablo «mito» hace su empleo en el lenguaje corriente harto

equívoco. En efecto, esta palabra se utiliza hoy tanto en el sentido de «ficción» o de

«ilusión» como en el sentido, familiar especialmente a los etnólogos, a los sociólogos y

a los historiadores de las religiones, de «tradición sagrada, revelación primordial,

modelo ejemplar».

Se insistirá más adelante sobre la historia de las diferentes significaciones que el

término «mito» ha adoptado en el mundo antiguo y cristiano (cf. capítulos VIII-IX). Es

de todos conocido que a partir de Jenófanes (hacia 565-470) —que fue el primero en

criticar y rechazar las expresiones «mitológicas» de la divinidad utilizadas por Homero

y Hesiodo— los griegos fueron vaciando progresivamente al mythos de todo valor

religioso o metafísico. Opuesto tanto a logos como más tarde a historia, mythos

terminó por significar todo «lo que no puede existir en la realidad». Por su parte, el

judeocristianismo relegaba al dominio de la «mentira» y de la «ilusión» todo aquello

que no estaba justificado o declarado válido por uno de los dos Testamentos.

No es en este sentido (por lo demás el más usual en el lenguaje corriente) en el que

nosotros entendemos el «mito». Precisando más, no es el estadio mental o el

momento histórico en que el mito ha pasado a ser una «ficción» el que nos interesa.

Nuestra investigación se dirigirá, en primer lugar, hacia las sociedades en las que el

mito tiene —o ha tenida hasta estos últimos tiempos— «vida», en el sentido de

proporcionar modelos a la conducta humana y conferir por eso mismo significación y

valor a la existencia. Comprender la estructura y la función de los mitos en las

sociedades tradicionales en cuestión no estriba sólo en dilucidar una etapa en la

historia del pensamiento humano, sino también en comprender mejor una categoría de

nuestros contemporáneos.

Para limitarnos a un ejemplo, el de los «cargo cults» de Oceanía, sería difícil

interpretar toda una serie de actuaciones insólitas sin recurrir a su justificación mítica.

Estos cultos profetices y milenarios proclaman la inminencia de una era fabulosa de

abundancia y de beatitud. Los indígenas serán de nuevo los señores de sus islas y no

trabajarán más, pues los muertos volverán en magníficos navíos cargados de

mercancías, semejantes a los cargos gigantescos que los Blancos acogen en sus

puertos. Por eso la mayoría de esos «cargo cults» exige, por una parte, la destrucción

de los animales domésticos y de los enseres, y por otra, la construcción de vastos

almacenes donde se depositarán las provisiones traídas por los muertos. Tal

movimiento profetiza la arribada de Cristo en un barco de mercancías; otro espera la

llegada de «América». Una nueva era paradisíaca dará comienzo y los miembros del

culto alcanzarán la inmortalidad. Ciertos cultos implican asimismo actos orgiásticos,

pues las prohibiciones y las costumbres sancionadas por la tradición perderán su

razón de ser y darán paso a la libertad absoluta. Ahora bien: todos estos actos y

creencias se explican por el mito del aniquilamiento del Mundo seguido de una nueva

Creación y de la instauración de la Edad de Oro, mito que nos ocupará más adelante.

Hechos similares se produjeron en 1960 en el Congo con ocasión de la independencia

del país. En ciertos pueblos, los indígenas quitaron los techos de las chozas para dejar

paso libre a las monedas de oro que harán llover los antepasados. En otros, en medio

del abandono general, tan sólo se cuidaron de los caminos que conducían al

cementerio, para permitir a los antepasados el acceso al pueblo. Los mismos excesos

orgiásticos tenían un sentido, ya que, según el mito, el día de la Nueva Era todas las

mujeres pertenecerán a todos los hombres.

Con mucha probabilidad, hechos de este género serán cada vez más raros. Se puede

suponer que el «comportamiento mítico» desaparecerá con la independencia política

de las antiguas colonias. Pero lo que sucederá en un porvenir más o menos lejano no

nos puede ayudar a comprender lo que acaba de pasar. Lo que nos importa, ante

todo, es captar el sentido de estas conductas extrañas, comprender su causa y la

justificación de estos excesos. Pues comprenderlos equivale a reconocerlos en tanto

que hechos humanos, hechos de cultura, creación del espíritu —y no irrupción

patológica de instintos, bestialidad o infantilismo—. No hay otra alternativa: o

esforzarse en negar, minimizar u olvidar, tales excesos, considerándolos como casos

aislados de «salvajismo», que desaparecerán completamente cuando las tribus se

civilicen, o bien molestarse en comprender los antecedentes míticos que explican los

excesos de este género, los justifican y les confieren un valor religioso. Esta última

actitud es, a nuestro parecer, la única que merece adoptarse. Únicamente en una

perspectiva histórico-religiosa tales conductas son susceptibles de revelarse como

hechos de cultura y pierden su carácter aberrante o monstruoso de juego infantil o de

acto puramente instintivo.

EL INTERÉS DE LAS «MITOLOGÍAS PRIMITIVAS»

Todas las grandes religiones mediterráneas y asiáticas cuentan con mitologías. Pero

es preferible no hilvanar el estudio del mito partiendo, por ejemplo, de la mitología

griega, o egipcia, o india. La mayoría de los mitos griegos fueron contados, y, por

tanto, modificados, articulados, sistematizados por Hesiodo y Homero, por los

rapsodas y mitógrafos. Las tradiciones mitológicas del Próximo Oriente y de la India

han sido cuidadosamente reinterpretadas y elaboradas por los respectivos teólogos y

ritualistas. No quiere decir esto: 1.°, que estas G randes Mitologías hayan perdido su

«sustancia mítica» y no sean sino «literaturas», o 2.°, que las tradiciones mitológicas

de las sociedades arcaicas no hayan sido elaboradas por sacerdotes y bardos. Al igual

que las Grandes Mitologías, que han acabado por transmitirse por textos escritos, las

mitologías «primitivas», que los primeros viajeros, misioneros y etnógrafos han

conocido en su estadio oral, tienen su «historia»; dicho de otro modo: se han

transformado y enriquecido a lo largo de los años, bajo la influencia de otras culturas

superiores, o gracias al genio creador de ciertos individuos excepcionalmente dotados.

Sin embargo, es preferible comenzar por el estudio del mito en las sociedades

arcaicas y tradicionales, sin perjuicio de abordar más tarde las mitologías de los

pueblos que han desempeñado un papel importante en la historia. Y esto porque, a

pesar de sus modificaciones en el transcurso del tiempo, los mitos de los «primitivos»

reflejan aún un estado primordial. Se trata, a lo más, de sociedades en las que los

mitos están aún vivos y fundamentan y justifican todo el comportamiento y la actividad

del hombre. El papel y la función de los mitos son susceptibles (o lo han sido hasta

estos últimos tiempos) de ser observados y descritos minuciosamente por los

etnólogos. A propósito de cada mito, así como de cada ritual, de las sociedades

arcaicas, ha sido posible interrogar a los indígenas y enterarse, al menos en parte, de

las significaciones que les atribuyen. Evidentemente, estos «documentos vivos»

registrados en el curso de encuestas hechas sobre el terreno no resuelven en modo

alguno todas nuestras dificultades. Pero tienen la ventaja, considerable, de ayudarnos

a plantear correctamente el problema, es decir, a situar el mito en su contexto socioreligioso

original.

ENSAYO DE UNA DEFINICIÓN DEL MITO

Sería difícil encontrar una definición de mito que fuera aceptada por todos los eruditos

y que al mismo tiempo fuera accesible a los no especialistas. Por lo demás, ¿acaso es

posible encontrar una definición única capaz de abarcar todos los tipos y funciones de

los mitos en todas las sociedades, arcaicas y tradicionales? El mito es una realidad

cultural extremadamente compleja, que puede abordarse e interpretarse en

perspectivas múltiples y complementarias.

Personalmente, la definición que me parece menos imperfecta, por ser la más amplia,

es la siguiente: el mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha

tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los «comienzos». Dicho de

otro modo: el mito cuenta cómo, gracias a las hazañas de los Seres Sobrenaturales,

una realidad ha venido a la existencia, sea ésta la realidad total, el Cosmos, o

solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano,

una institución. Es, pues, siempre el relato de una «creación»: se narra cómo algo ha

sido producido, ha comenzado a ser. El mito no habla de lo que ha sucedido

realmente, de lo que se ha manifestado plenamente. Los personajes de los mitos son

Seres Sobrenaturales. Se les conoce sobre todo por lo que han hecho en el tiempo

prestigioso de los «comienzos». Los mitos revelan, pues, la actividad creadora y

desvelan la sacralidad (o simplemente la «sobre-naturalidad») de sus obras. En suma,

los mitos describen las diversas, y a veces dramáticas, irrupciones de lo sagrado (o de

lo «sobrenatural») en el Mundo. Es esta irrupción de lo sagrado la que fundamenta

realmente el Mundo y la que le hace tal como es hoy día. Más aún: el hombre es lo

que es hoy, un ser mortal, sexuado y cultural, a consecuencia de las intervenciones de

los seres sobrenaturales.

Se tendrá ocasión más adelante de completar y de matizar estas indicaciones

preliminares, pero de momento importa subrayar un hecho que nos parece esencial: el

mito se considera como una historia sagrada y, por tanto, una «historia verdadera»,

puesto que se refiere siempre a realidades. El mito cosmogónico es «verdadero»,

porque la existencia del Mundo está ahí para probarlo; el mito del origen de la muerte

es igualmente «verdadero», puesto que la mortalidad del hombre lo prueba, y así

sucesivamente.

Por el mismo hecho de relatar el mito las gestas de los seres sobrenaturales y la

manifestación de sus poderes sagrados, se convierte en el modelo ejemplar de todas

las actividades humanas significativas. Cuando el misionero y etnólogo C Strehlow

preguntaba a los australianos Arunta por qué celebraban ciertas ceremonias, le

respondían invariablemente: «Porque los antepasados lo han prescrito así»1 . Los Kai

de Nueva Guinea se negaban a modificar su manera de vivir y de trabajar, y daban

como explicación: «Así lo hicieron los Nemu (los Antepasados míticos) y nosotros lo

hacemos de igual manera»2 . Interrogado sobre la razón de tal o cual detalle de cierta

ceremonia, el cantor Navaho contestaba: «Porque el Pueblo santo lo hizo de esta

manera la primera vez»3 . Encontramos exactamente la misma justificación en la

plegaria que acompaña un ritual tibetano primitivo: «Como ha sido transmitido desde el

principio de la creación de la tierra, así nosotros debemos sacrificar (...). Como

nuestros antepasados hicieron en los tiempos antiguos, así hacemos hoy»4 . Tal es

también la justificación invocada por los teólogos y ritualistas hindúes: «Debemos

hacer lo que los dioses han hecho en un principio» (Satapatha Brâhmana, VII, 2, 1, 4).

«Así hicieron los dioses; así hacen los hombres» (Taittiriya Brâhmana, 1, 5, 9, 4)5 .

Como hemos señalado en otro lugar6 , incluso los modos de conducta y las actividades

profanas del hombre encuentran sus modelos en las gestas de los Seres

Sobrenaturales. Entre los Navaho, «las mujeres han de sentarse con las piernas

debajo de sí y de lado; los hombres, con las piernas cruzadas delante de ellos, porque

se dijo que en un principio la Mujer cambiante y el Matador de monstruos se sentaron

en estas posturas»7 . Según las tradiciones míticas de una tribu australiana, los

Karadjeri, todas sus costumbres, todos sus comportamientos se fundaron en el

«tiempo del Ensueño» por dos Seres Sobrenaturales, Bagadjimbiri (por ejemplo, la

manera de cocer tal o cual grano o de cazar tal animal con ayuda de un palo, la

posición especial que debe adoptarse para orinar, etc.)8 .

Sería inútil multiplicar ejemplos. Como lo hemos demostrado en El mito del eterno

retorno, y como se verá aún mejor por lo que sigue, la función principal del mito es

revelar los modelos ejemplares de todos los ritos y actividades humanas significativas:

tanto la alimentación o el matrimonio como el trabajo, la educación, el arte o la

sabiduría. Esta concepción no carece de importancia para la comprensión del hombre

de las sociedades arcaicas y tradicionales, y de ellas nos ocuparemos más adelante.

«HISTORIA VERDADERA»-«HISTORIA FALSA»

Debemos añadir que en las sociedades en que el mito está aún vivo, los indígenas

distinguen cuidadosamente los mitos —«historias verdaderas»— de las fábulas o

cuentos, que llaman «historias falsas».

Los Pawnee «hacen una distinción entre las ‘historias verdaderas’ y las ‘historias

falsas’, y colocan entre las historias ‘verdaderas’, en primer lugar, todas aquellas que

tratan de los orígenes del mundo; sus protagonistas son seres divinos, sobrenaturales,

celestes o astrales. A continuación vienen los cuentos que narran las aventuras

maravillosas del héroe nacional, un joven de humilde cuna que llegó a ser el salvador

de su pueblo, al liberarle de monstruos, al librarle del hambre o de otras calamidades,

o al llevar a cabo otras hazañas nobles y beneficiosas. Vienen, por último, las historias

que se relacionan con los medicine-men, y explican cómo tal o cual mago adquirió sus

poderes sobrehumanos o cómo nació tal o cual asociación de chamanes. Las historias

‘falsas’ son aquellas que cuentan las aventuras y hazañas en modo alguno edificantes

del coyote, el lobo de la pradera. En una palabra: en las historias ‘verdaderas’ nos

hallamos frente a frente de lo sagrado o de lo sobrenatural; en las ‘falsas’, por el

contrario, con un contenido profano, pues el coyote es sumamente popular en esta

mitología como en otras mitologías norteamericanas, donde aparece con los rasgos

del astuto, del pícaro, del prestidigitador y del perfecto bribón9 .

Igualmente, los Cherokees distinguen entre mitos sagrados (cosmogonía, creación de

astros, origen de la muerte) e historias profanas que explican, por ejemplo, ciertas

curiosidades anatómicas o fisiológicas de los animales. Reaparece la misma distinción

en África; los Herero estiman que las historias que narran los principios de los

diferentes grupos de la tribu son verdaderas, porque se refieren a hechos que han

tenido lugar realmente, mientras que los cuentos más o menos cómicos no tienen

ninguna base. En cuanto a los indígenas de Togo, consideran sus mitos de origen

«absolutamente reales»10 .

Por esta razón no se pueden contar indiferentemente los mitos. En muchas tribus no

se recitan delante de las mujeres o de los niños, es decir, de los no iniciados.

Generalmente, los viejos instructores comunican los mitos a los neófitos durante su

período de aislamiento en la espesura, y esto forma parte de su iniciación. R.

Piddington hace notar a propósito de los Karadjeri: «Los mitos sagrados que no

pueden ser conocidos de las mujeres se refieren principalmente a la cosmogonía y,

sobre todo, a la institución de las ceremonias de iniciación»11 .

Mientras que las «historias falsas» pueden contarse en cualquier momento y en

cualquier sitio, los mitos no deben recitarse más que durante un lapso de tiempo

sagrado (generalmente durante el otoño o el invierno, y únicamente de noche)12 . Esta

costumbre se conserva incluso en pueblos que han sobrepasado el estadio arcaico de

cultura. Entre los turco-mongoles y los tibetanos, la recitación de cantos épicos del

ciclo Gesor no puede tener lugar más que de noche y en invierno. «La recitación se

asimila a un poderoso encanto. Ayuda a obtener ventajas de toda índole,

especialmente éxito en la caza y en la guerra (...). Antes de recitar se prepara un área

espolvoreada con harina de cebada tostada. El auditorio se sienta alrededor. El bardo

recita la epopeya durante varios días. En otro tiempo, se dice, se veían entonces las

huellas de los cascos del caballo de César sobre esta área. La recitación provocaba,

pues, la presencia real del héroe»13 .

LO QUE REVELAN LOS MITOS

La distinción hecha por los indígenas entre «historias verdaderas» e «historias falsas»

es significativa. Las dos categorías de narraciones presentan «historias», es decir,

relatan una serie de acontecimientos que tuvieron lugar en un pasado lejano y

fabuloso. A pesar de que los personajes de los mitos son en general Dioses y Seres

Sobrenaturales, y los de los cuentos héroes o animales maravillosos, todos estos

personajes tienen en común esto: no pertenecen al mundo cotidiano. Y, sin embargo,

los indígenas se dieron cuenta de que se trataba de «historias» radicalmente

diferentes. Pues todo lo que se relata en los mitos les concierne directamente,

mientras que los cuentos y las fábulas se refieren a acontecimientos que, incluso

cuando han aportado cambios en el Mundo (cf. las particularidades anatómicas o

fisiológicas de ciertos animales), no han modificado la condición humana en cuanto

tal14 .

En efecto, los mitos relatan no sólo el origen del Mundo, de los animales, de las

plantas y del hombre, sino también todos los acontecimientos primordiales a

consecuencia de los cuales el hombre ha llegado a ser lo que es hoy, es decir, un ser

mortal, sexuado, organizado en sociedad, obligado a trabajar para vivir, y que trabaja

según ciertas reglas. Si el Mundo existe, si el hombre existe, es porque los Seres

Sobrenaturales han desplegado una actividad creadora en los «comienzos». Pero

otros acontecimientos han tenido lugar después de la cosmogonía y la antropogonía, y

el hombre, tal como es hoy, es el resultado directo de estos acontecimientos míticos,

está constituido por estos acontecimientos. Es mortal, porque algo ha pasado in illo

tempore. Si eso no hubiera sucedido, el hombre no sería mortal: habría podido existir

indefinidamente como las piedras, o habría podido cambiar periódicamente de piel

como las serpientes y, por ende, hubiera sido capaz de renovar su vida, es decir, de

recomenzarla indefinidamente. Pero el mito del origen de la muerte cuenta lo que

sucedió in illo tempore, y al relatar este incidente explica por qué el hombre es mortal.

Del mismo modo, determinada tribu vive de la pesca, y esto porque en los tiempos

míticos un Ser Sobrenatural enseñó a sus antepasados cómo capturar y cocer los

pescados. El mito cuenta la historia de la primera pesca efectuada por el Ser

Sobrenatural, y al hacer esto revela a la vez un acto sobrehumano, enseña a los

humanos cómo efectuarlo a su vez y, finalmente, explica por qué esta tribu debe

alimentarse de esta manera.

Se podrían multiplicar fácilmente los ejemplos. Pero los que preceden muestran ya por

qué el mito es, para el hombre arcaico, un asunto de la mayor importancia, mientras

que los cuentos y las fábulas no lo son. El mito le enseña las «historias» primordiales

que le han constituido esencialmente, y todo lo que tiene relación con su existencia y

con su propio modo de existir en el Cosmos le concierne directamente.

Inmediatamente se verán las consecuencias que esta concepción singular ha tenido

para la conducta del hombre arcaico. Hagamos notar que, así como el hombre

moderno se estima constituido por la Historia, el hombre de las sociedades arcaicas se

declara como el resultado de cierto número de acontecimientos míticos. Ni uno ni otro

se consideran «dados», «hechos» de una vez para siempre, como, por ejemplo, se

hace un utensilio, de una manera definitiva. Un moderno podría razonar de la manera

siguiente: soy tal como soy hoy día porque un cierto número de acontecimientos me

han sucedido, pero estos acontecimientos no han sido posibles más que porque la

agricultura fue descubierta hace ocho o nueve mil años y porque las civilizaciones

urbanas se desarrollaron en el Oriente Próximo antiguo, porque Alejandro Magno

conquistó Asia y Augusto fundó el Imperio romano, porque Galileo y Newton

revolucionaron la concepción del Universo, abriendo el camino para los

descubrimientos científicos y preparando el florecimiento de la civilización industrial,

porque tuvo lugar la Revolución francesa y porque las ideas de libertad, democracia y

justicia social trastocaron el mundo occidental después de las guerras napoleónicas, y

así sucesivamente.

De igual modo, un «primitivo» podría decirse: soy tal como soy hoy porque una serie

de acontecimientos tuvieron lugar antes de mí. Tan sólo debería añadir, acto seguido:

esos acontecimientos sucedieron en los tiempos míticos, y, por consiguiente,

constituyen una historia sagrada, porque los personajes del drama no son humanos,

sino Seres Sobrenaturales. Y aún más: mientras que un hombre moderno, a pesar de

considerarse el resultado del curso de la Historia universal, no se siente obligado a

conocerla en su totalidad, el hombre de las sociedades arcaicas no sólo está obligado

a rememorar la historia mítica de su tribu, sino que reactualiza periódicamente una

gran parte de ella. Es aquí donde se nota la diferencia más importante entre el hombre

de las sociedades arcaicas y el hombre moderno: la irreversibilidad de los

acontecimientos, que, para este último, es la nota característica de la Historia, no

constituye una evidencia para el primero.

Constantinopla fue conquistada por los turcos en 1453 y la Bastilla cayó el 14 de julio

de 1789. Estos acontecimientos son irreversibles. Sin duda, al haberse convertido el

14 de julio en la fiesta nacional de la República francesa, se conmemora anualmente

la toma de la Bastilla, pero no se reactualiza el acontecimiento histórico propiamente

dicho15 . Para el hombre de las sociedades arcaicas, por el contrario, lo que pasó ab

origine es susceptible de repetirse por la fuerza de los ritos. Lo esencial para él es,

pues, conocer los mitos. No sólo porque los mitos le ofrecen una explicación del

Mundo y de su propio modo de existir en el mundo, sino, sobre todo, porque al

rememorarlos, al reactualizarlos, es capaz de repetir lo que los Dioses, los Héroes o

los Antepasados hicieron ab origine. Conocer los mitos es aprender el secreto del

origen de las cosas. En otros términos: se aprende no sólo cómo las cosas han

llegado a la existencia, sino también dónde encontrarlas y cómo hacerlas reaparecer

cuando desaparecen.

LO QUE QUIERE DECIR «CONOCER LOS MITOS»

Los mitos totémicos australianos consisten la mayoría de las veces en la narración

bastante monótona de las peregrinaciones de los antepasados míticos o de los

animales totémicos. Se cuenta cómo, en el «tiempo del sueño» (alcheringa) —es

decir, en el tiempo mítico— estos Seres Sobrenaturales hicieron su aparición sobre la

Tierra y emprendieron largos viajes, parándose a veces para modificar el paisaje o

producir ciertos animales y plantas, y finalmente desaparecieron bajo tierra. Pero el

conocimiento de estos mitos es esencial para la vida de los australianos. Los mitos les

enseñan cómo repetir los gestos creadores de los Seres Sobrenaturales y, por

consiguiente, cómo asegurar la multiplicación de tal animal o de tal planta.

Estos mitos se comunican a los neófitos durante su iniciación. O, más bien, se

«celebran», es decir, se les reactualiza. «Cuando los jóvenes pasan por las diversas

ceremonias de iniciación, se celebran ante ellos una serie de ceremonias que, a pesar

de representarse exactamente como las del culto propiamente dicho —salvo ciertas

particularidades características—, no tienen, sin embargo, por meta la multiplicación y

crecimiento del tótem de que se trate, sino que van encaminadas a mostrar la manera

de celebrar estos cultos a quienes se va a elevar, o que acaban de ser elevados, al

rango de hombres»16 .

Se ve, pues, que la «historia» narrada por el mito constituye un «conocimiento» de

orden esotérico no sólo porque es secreta y se transmite en el curso de una iniciación,

sino también porque este «conocimiento» va acompañado de un poder mágicoreligioso.

En efecto, conocer el origen de un objeto, de un animal, de una planta, etc., equivale a

adquirir sobre ellos un poder mágico, gracias al cual se logra dominarlos, multiplicarlos

o reproducirlos a voluntad. Erland Nordenskiöld ha referido algunos ejemplos

particularmente sugestivos de los indios Cuna. Según sus creencias, el cazador

afortunado es el que conoce el origen de la caza. Y si se llega a domesticar a ciertos

animales, es porque los magos conocen el secreto de su creación. Igualmente se es

capaz de tener en la mano un hierro al rojo o de coger serpientes venenosas a

condición de conocer el origen del fuego y de las serpientes. Nordenskiöld cuenta que

«en un pueblo Cuna, Tientiki, hay un muchacho de catorce años que entra

impunemente en el fuego tan sólo porque conoce el encanto de la creación del fuego.

Pérez vio frecuentemente a personas coger un hierro al rojo y a otras domesticar

serpientes»17 .

Se trata de una creencia muy extendida y que no es propia de un cierto tipo de cultura.

En Timor, por ejemplo, cuando un arrozal no medra, alguien que conoce las

tradiciones míticas relativas al arroz se traslada al campo. «Allí pasa la noche en la

cabaña de la plantación recitando las leyendas que explican cómo se llegó a poseer el

arroz (mito de origen)... Los que hacen esto no son sacerdotes»18 . Al recitar el mito de

origen, se obliga al arroz a mostrarse hermoso, vigoroso y tupido, como era cuando

apareció por primera vez. No se le recuerda cómo ha sido creado, a fin de «instruirle»,

de enseñarle cómo debe comportarse. Se le fuerza mágicamente a retornar al origen,

es decir, a reiterar su creación ejemplar.

El Kalevala cuenta cómo el viejo Väinämöinen se hirió gravemente cuando estaba

ocupado en construir una barca. Entonces «se puso a urdir encantamientos a la

manera de todos los curanderos mágicos. Cantó el nacimiento de la causa de su

herida, pero no pudo acordarse de las palabras que narraban el comienzo del hierro,

las palabras que podían precisamente curar la brecha abierta por la hoja de acero

azul». Al fin, después de haber buscado la ayuda de otros magos, Väinämöinen

exclamó: «¡Me acuerdo ahora del origen del hierro! Y comenzó el siguiente relato: el

Aire es la primera de las madres. El Agua es la mayor de los hermanos, el Fuego es el

segundo y el Hierro es el más joven de los tres. Ukko, el gran Creador, separó la

Tierra del Agua e hizo aparecer el suelo en las regiones marinas, pero el hierro no

había nacido aún. Entonces se frotó las palmas de las manos sobre su rodilla

izquierda. Así nacieron las tres hadas que habían de ser las madres del hierro»19 .

Notemos que en este ejemplo el mito del origen del hierro forma parte del mito

cosmogónico y en cierto modo lo prolonga. Tenemos aquí una nota específica de los

mitos de origen sumamente importante y cuyo estudio se hará en el capítulo siguiente.

La idea de que un remedio no actúa más que si se conoce su origen está muy

extendida. Citemos nuevamente a Erland Nordenskiöld: «Cada canto mágico debe

estar precedido de un encantamiento que habla del origen del remedio empleado, de

otro modo no será eficaz (...). Para que el remedio o el canto de remedio haga efecto

hay que conocer el origen de la planta, la manera cómo fue alumbrada por la primera

mujer»20 . En los cantos rituales na-khi publicados por J. F. Rock se dice

expresamente: «Si no se cuenta el origen del medicamento, no debe utilizarse»21 . O

también: «A menos que se relate su origen, no se debe hablar de él»22 .

Veremos en el capítulo siguiente que, como en el mito de Väinämöinen citado

anteriormente, el origen de los remedios está íntimamente ligado a la narración del

origen del mundo. Precisemos aquí, no obstante, que se trata de una concepción

general que puede formularse de esta suerte: No se puede cumplir un ritual si no se

conoce el «origen», es decir, el mito que cuenta cómo ha sido efectuado la primera

vez. Durante el servicio funerario, el chamán na-khi, dto-mba, canta:

«Vamos ahora a acompañar al muerto y a conocer de nuevo la pena.

Vamos a danzar de nuevo y a derribar a los demonios.

No se debe hablar.

Si se ignora el origen de la danza,

No se puede danzar»23 .

Esto recuerda extraordinariamente las declaraciones de los Uitoto a Preuss: «Son las

palabras (los mitos) de nuestro padre, sus propias palabras. Gracias a estas palabras

danzamos; no habría danza si no nos las hubiera dado»24 .

En la mayoría de los casos, no basta conocer el mito de origen, hay que recitarlo; se

proclama de alguna manera su conocimiento, se muestra. Pero esto no es todo; al

recitar o al celebrar el mito del origen, se deja uno impregnar de la atmósfera sagrada

en la que se desarrollaron esos acontecimientos milagrosos. El tiempo mítico de los

orígenes es un tiempo «fuerte», porque ha sido transfigurado por la presencia activa,

creadora, de los Seres Sobrenaturales. Al recitar los mitos se reintegra este tiempo

fabuloso y, por consiguiente, se hace uno de alguna manera «contemporáneo» de los

acontecimientos evocados, se comparte la presencia de los Dioses o de los Héroes.

En una fórmula sumaria, se podría decir que, al «vivir» los mitos, se sale del tiempo

profano, cronológico, y se desemboca en un tiempo cualitativamente diferente, un

tiempo «sagrado», a la vez primordial e indefinidamente recuperable. Esta función del

mito, sobre la cual hemos insistido en Le Mythe de l'Éternel Retour (especialmente en

las páginas 35 ss), se destacará mejor aún en el curso de los análisis que seguirán.

ESTRUCTURA Y FUNCIÓN DE LOS MITOS

Estas observaciones preliminares bastan para precisar ciertas notas características del

mito. De una manera general se puede decir que el mito, tal como es vivido por las

sociedades arcaicas, 1.°, constituye la historia de los actos de los Seres

Sobrenaturales; 2.°, que esta Historia se considera absolutamente verdadera (porque

se refiere a realidades) y sagrada (porque es obra de los Seres Sobrenaturales); 3.°,

que el mito se refiere siempre a una «creación», cuenta Cómo algo ha llegado a la

existencia o cómo un comportamiento, una institución, una manera de trabajar, se han

fundado; es ésta la razón de que los mitos constituyan los paradigmas de todo acto

humano significativo; 4.°, que al conocer el mito, se conoce el «origen» de las cosas y,

por consiguiente, se llega a dominarlas y manipularlas a voluntad; no se trata de un

conocimiento «exterior», «abstracto», sino de un conocimiento que se «vive»

ritualmente, ya al narrar ceremonialmente el mito, ya al efectuar el ritual para el que

sirve de justificación; 5.°, que, de una manera o d e otra, se «vive» el mito, en el

sentido de que se está dominado por la potencia sagrada, que exalta los

acontecimientos que se rememoran y se reactualizan.

«Vivir» los mitos implica, pues, una experiencia verdaderamente «religiosa», puesto

que se distingue de la experiencia ordinaria, de la vida cotidiana. La «religiosidad» de

esta experiencia se debe al hecho de que se reactualizan acontecimientos fabulosos,

exaltantes, significativos; se asiste de nuevo a las obras creadoras de los Seres

Sobrenaturales; se deja de existir en el mundo de todos los días y se penetra en un

mundo transfigurado, auroral, impregnado de la presencia de los Seres

Sobrenaturales. No se trata de una conmemoración de los acontecimientos míticos,

sino de su reiteración. Las personas del mito se hacen presentes, uno se hace su

contemporáneo. Esto implica también que no se vive ya en el tiempo cronológico, sino

en el Tiempo primordial, el Tiempo en el que el acontecimiento tuvo lugar por primera

vez. Por esta razón se puede hablar de «tiempo fuerte» del mito: es el Tiempo

prodigioso, «sagrado», en el que algo nuevo, fuerte y significativo se manifestó

plenamente. Revivir aquel tiempo, reintegrarlo lo más a menudo posible, asistir de

nuevo al espectáculo de las obras divinas, reencontrar los seres sobrenaturales y

volver a aprender su lección creadora es el deseo que puede leerse como en filigrana

en todas las reiteraciones rituales de los mitos. En suma, los mitos revelan que el

mundo, el hombre y la vida tienen un origen y una historia sobrenatural, y que esta

historia es significativa, preciosa y ejemplar.

No podría concluirse de modo mejor que citando los pasajes clásicos en los que

Bronislav Malinowski trató de desentrañar la naturaleza y función del mito en las

sociedades primitivas: «Enfocado en lo que tiene de vivo, el mito no es una explicación

destinada a satisfacer una curiosidad científica, sino un relato que hace revivir una

realidad original y que responde a una profunda necesidad religiosa, a aspiraciones

morales, a coacciones e imperativos de orden social, e incluso a exigencias prácticas.

En las civilizaciones primitivas el mito desempeña una función indispensable: expresa,

realza y codifica las creencias; salvaguarda los principios morales y los impone;

garantiza la eficacia de las ceremonias rituales y ofrece reglas prácticas para el uso

del hombre. El mito es, pues, un elemento esencial de la civilización humana; lejos de

ser una vana fábula, es, por el contrario, una realidad viviente a la que no se deja de

recurrir; no es en modo alguno una teoría abstracta o un desfile de imágenes, sino una

verdadera codificación de la religión primitiva y de la sabiduría práctica (...). Todos

estos relatos son para los indígenas la expresión de una realidad original, mayor y más

llena de sentido que la actual, y que determina la vida inmediata, las actividades y los

destinos de la humanidad. El conocimiento que el hombre tiene de esta realidad le

revela el sentido de los ritos y de los preceptos de orden moral, al mismo tiempo que el

modo de cumplirlos»25 .

CAPITULO II

PRESTIGIO MÁGICO DE LOS «ORIGENES»

MITOS DE ORIGEN Y MITOS COSMOGÓNICOS

Toda historia mítica que relata el origen de algo presupone y prolonga la cosmogonía.

Desde el punto de vista de la estructura, los mitos de origen son equiparables al mito

cosmogónico. Al ser la creación del Mundo la creación por excelencia, la cosmogonía

pasa a ser el modelo ejemplar para toda especie de creación. Esto no quiere decir que

el mito de origen imite o copie el modelo cosmogónico, pues no se trata de una

reflexión coherente y sistemática. Pero toda nueva aparición —un animal, una planta,

una institución— implica la existencia de un Mundo. Incluso cuando se trata de

explicar cómo, a partir de un estado diferente de cosas, se ha llegado a la situación

actual (por ejemplo, cómo el cielo se ha alejado de la Tierra, o cómo el hombre se ha

hecho mortal), el «Mundo» estaba ya allí, a pesar de que su estructura fuera diferente

y de que no fuera aún nuestro Mundo. Todo mito de origen narra y justifica una

«situación nueva» —nueva en el sentido de que no estaba desde el principio del

Mundo—. Los mitos de origen prolongan y completan el mito cosmogónico: cuentan

cómo el Mundo ha sido modificado, enriquecido o empobrecido.

Esta es la razón por la cual ciertos mitos de origen comienzan por el esquema de una

cosmogonía. La historia de las grandes familias y de las dinastías tibetanas comienza

por recordar cómo el Cosmos ha nacido de un Huevo. «De la esencia de los cinco

elementos primordiales salió un gran huevo (...). Dieciocho huevos salieron de la yema

de este huevo. El huevo de en medio de esos dieciocho, un huevo de concha marina,

se separó de los demás. A este huevo de concha le crecieron miembros, después los

cinco sentidos, y ya perfecto, se convirtió en un joven de una belleza tan extraordinaria

que parecía la concesión de un voto (yid la smon). También se le llamó el rey Yesmon.

La reina Tchu-lchag, su esposa, parió un hijo capaz de transformarse por

magia, Dbang Idan»1 . La genealogía prosigue contando el origen y la historia de los

diversos clanes y dinastías.

Los cantos genealógicos polinesios comienzan de la misma manera. El texto ritual

hawaiano, conocido bajo el nombre de Kumulipo, es «un himno genealógico que

vincula la familia real, a quien pertenece, no solo a los dioses del pueblo entero,

adorados en común, con los grupos polinesios aliados; no sólo a los jefes divinizados

nacidos en el mundo vivo, los Ao, en la línea familiar, sino también con los astros del

cielo, las plantas y los animales de uso cotidiano en la vida terrestre...»2 . En efecto, el

canto comienza por evocar:

«E/ tiempo en que se hizo cambiar violentamente a la tierra,

el tiempo en que los cielos cambiaron por separado,

el tiempo en que el sol salía

para dar luz a la luna»3 , etc.

Tales cantos rituales los componen los bardos cuando la princesa está encinta, y se

comunica a los danzarines hula para que los aprendan de memoria. Estos últimos,

hombres y mujeres, danzan y recitan el canto sin interrupción, hasta el nacimiento del

niño. Como si el desarrollo embrionario del futuro jefe estuviera acompañado de la

recapitulación de la cosmogonía, de la historia del mundo y de la historia de la tribu.

Con ocasión de la gestación de un jefe, se «rehace» simbólicamente el Mundo. La

recapitulación es a la vez una rememoración y una reactualización ritual, por medio de

los cantos y la danza, de los acontecimientos míticos esenciales que han tenido lugar

desde la Creación.

Se encuentran también concepciones y rituales análogos entre las poblaciones

primitivas de la India. Entre los Santali, por ejemplo, el guru recita el mito cosmogónico

en beneficio de cada individuo, pero solamente dos veces: la primera vez «cuando se

reconoce al Santal los plenos derechos de la sociedad (...). En esta ocasión, el guru

recita la historia de la humanidad desde la creación del Mundo, termina contando el

nacimiento de la persona en cuyo favor se ha cumplido el rito. La misma ceremonia se

repite durante el servicio funerario, pero esta vez el guru transfiere ritualmente el alma

del difunto al otro Mundo4 . Entre los Gonds y los Baigas, con ocasión de los rituales

en honor de Dharti Mata y de Thakur Deo, el sacerdote recita el mito cosmogónico y

recuerda al auditorio el importante papel que su tribu ha desempeñado en la creación

del Mundo5 . Cuando los magos Munda expulsan los malos espíritus, recitan las

canciones mitológicas de los Assur, pues éstos inauguraron una nueva época tanto

para los dioses y los espíritus como para los humanos, y por esta razón la historia de

sus hazañas puede considerarse como formando parte de un mito cosmogónico6 .

Entre los Bhils, la situación no difiere mucho. Tan sólo uno de los cantos mágicos de

fin medicinal ofrece carácter de mito cosmogónico; es El canto del Señor. Pero la

mayoría de estos cantos son en realidad mitos de origen. El Canto de Kasumor

Dâmor, por ejemplo, considerado como curativo de todas las enfermedades, narra las

migraciones del grupo Bhil Dâmor desde el Gujerat hacia el sur de la India central7 .

Es, pues, el mito de la instalación territorial del grupo; en otros términos: la historia de

un nuevo comienzo, réplica de la creación del Mundo. Otros cantos mágicos revelan el

origen de las enfermedades8 . Se trata de mitos ricos en aventuras en los que

terminamos por aprender las circunstancias de la aparición de las enfermedades,

acontecimiento que, de hecho, ha cambiado la estructura del Mundo.

EL PAPEL DE LOS MITOS EN LAS CURACIONES

En el ritual curativo de los Bhils hay un detalle particularmente interesante. El

hechicero «purifica» el lugar que queda junto a la cama del enfermo y, con la harina de

maíz, dibuja un mandol. En el interior del dibujo inserta la casa de Isvor y de Bhagwân

y traza asimismo sus figuras. La imagen así dibujada se conserva hasta la completa

curación del enfermo9 . El término mismo de mandol delata su origen indio. Se trata,

bien entendido, del mandala, dibujo complicado que desempeña un importante papel

en los ritos tántricos indo-tibetanos. Pero el mandala es ante todo imago mundi:

representa a la vez el Cosmos en miniatura y el panteón. Su construcción equivale a

una recreación mágica del mundo. Por consiguiente, el mago Bhil, al dibujar el mandol

al pie del lecho del enfermo, repite la cosmogonía, incluso si los cantos rituales que

entona no hacen alusión expresamente al rito cosmogónico. La operación tiene

ciertamente un fin terapéutico. Al quedar hecho, de un modo simbólico,

contemporáneo de la Creación del Mundo, el enfermo se sumerge en la plenitud

primordial; se deja penetrar por las fuerzas gigantescas que, in illo tempore, han hecho

posible la Creación. No carece de interés el recordar, a este propósito, que, entre los

Navaho, el mito cosmogónico seguido del rito de la emersión de los primeros humanos

del seno de la Tierra se recita sobre todo con ocasión de las curaciones o durante la

iniciación de un chamán. «Todas las ceremonias se concentran alrededor de un

paciente, Hatrali (aquel sobre el que se canta), que puede ser un enfermo o

simplemente un enfermo mental, por ejemplo, una persona asustada por un sueño o

que no tiene necesidad más que de una ceremonia con el fin de aprenderla en el curso

de su iniciación con el fin de poder oficiar en este canto, pues un medicine-man no

puede proceder a una ceremonia sin haber sufrido él mismo la ceremonia»10 .

La ceremonia comporta igualmente la ejecución de complejos dibujos sobre la arena,

que simbolizan las diferentes etapas de la Creación y la historia mítica de los dioses,

de los antepasados y de la humanidad. Estos dibujos (que recuerdan

extraordinariamente los mandala indo-tibetanos) reactualizan uno tras otro los

acontecimientos que tuvieron lugar en los tiempos míticos. Al escuchar el relato del

mito cosmogónico (seguido de la recitación de los mitos de origen) y al contemplar los

dibujos sobre la arena, se proyecta al enfermo fuera del tiempo profano y se le inserta

en la plenitud del Tiempo primordial: es llevado «hacia atrás» hasta el origen del

Mundo y asiste de este modo a la cosmogonía.

La solidaridad entre el mito cosmogónico, el mito del origen y de la enfermedad y del

remedio y el ritual de la curación mágica se puede apreciar admirablemente entre los

Na-khi, población perteneciente a la familia tibetana, pero que habita desde hace

siglos en la China del Sudoeste y especialmente en la provincia Yün-nan. Según sus

tradiciones, en un principio el Universo estaba cuerdamente dividido entre los Nâgas y

los hombres, pero una enemistad les separó más tarde. Furiosos, los Nâgas

esparcieron por el mundo las enfermedades, la esterilidad y toda suerte de

calamidades. Los Nâgas pueden igualmente robar las almas de los hombres,

poniéndoles enfermos. Si no se gana su benevolencia ritualmente, la víctima fallece.

Pero el sacerdote-chamán (dto-mba), por el poder de sus encantos mágicos, es capaz

de forzar a los Nâgas a liberar a las almas robadas y apresadas11 . El propio chamán

es capaz de luchar contra los Nâgas sólo porque el chamán primordial, Dto-mba, con

el concurso de Garuda, emprendió esta lucha en el tiempo mítico. Así, pues, el ritual

de curación consiste propiamente hablando en la recitación solemne de este

acontecimiento primordial. Como dice expresamente un texto traducido por Rock12 ,

«si no se cuenta el origen de Garuda, no se debe hablar de él».

El chamán recita, pues, el mito del origen de Garuda: narra cómo unos huevos fueron

creados por magia en el monte Kailasa y cómo de estos huevos nacieron los Garudas,

que a continuación descendieron a la llanura para defender a los humanos de las

enfermedades provocadas por los Nâgas. Pero, antes de narrar el nacimiento de los

Garudas, el canto ritual relata brevemente la creación del mundo. «En el tiempo en

que apareció el cielo se esparcieron el sol, la luna, los astros, las plantas y la tierra;

cuando aparecieron las montañas, los valles, los árboles y las rocas, en ese momento

aparecieron los Nâgas y los dragones, etc.»13 .

La mayoría de esos cantos rituales con fin medicinal comienzan por evocar la

cosmogonía. He aquí un ejemplo: «En el comienzo, cuando los cielos, el sol, la luna,

los astros, los planetas y la tierra no habían aparecido todavía, cuando nada había

aparecido aún, etc.»14 . Y se cuenta la creación del mundo, el nacimiento de los

demonios y la aparición de las enfermedades, y, finalmente, la epifanía del chamán

primordial Dto-mba, que aportó los medicamentos necesarios. Otro texto15 comienza

por la evocación del tiempo mítico: «En un principio, cuando todo era indistinto, etc.»,

para narrar el nacimiento de los Nâgas y de los Garudas. Se cuenta a continuación el

origen de las enfermedades (pues, como hemos visto anteriormente, «si no se cuenta

el origen del medicamento, no se debe utilizar»), por qué medios se propagó de una

generación a otra y, finalmente, la lucha entre los demonios y el chamán: «El espíritu

produce la enfermedad en los dientes y en la boca disparando su flecha; el dto-mba

arranca la flecha, etc.; el demonio produce la enfermedad en el cuerpo disparando la

flecha sobre el cuerpo; el dto-mba la arranca, etc.»16 .

Otro canto ritual comienza de la manera siguiente: «Hay que contar el origen del

remedio, si no, no se puede hablar de él. En el tiempo en que aparecieron el cielo, las

estrellas, el sol, la luna y los planetas, y cuando apareció la tierra», etc., «en aquel

tiempo nació Ts’o-dze-p’er-ddu»17 . Sigue un mito larguísimo que explica el origen de

los medicamentos: ausente durante tres días de la casa, Ts’o-dze-p’er-ddu encuentra

a su vuelta a sus padres muertos. Decide entonces partir en busca de un

medicamento que impida la muerte y marcha al país del Jefe de los Espíritus. Después

de múltiples aventuras, roba los medicamentos milagrosos; pero, perseguido por el

espíritu, cae por tierra y los medicamentos se dispersan, originando las plantas

medicinales.

REITERACIÓN DE LA COSMOGONÍA

Ciertos textos publicados por Hermanns son aún más elocuentes. En el curso del ritual

curativo, el chamán no sólo resume la cosmogonía, sino que invoca a Dios y le suplica

que cree de nuevo el Mundo. Una de estas plegarias comienza por recordar que «la

tierra fue creada, el agua fue creada, el universo entero fue creado. Igualmente fueron

creados la cerveza ritual chi y la ofrenda de arroz so», y acaba por una evocación:

«¡Acudid, oh Espíritus!»18 . Otro texto presenta «la génesis del chi y la de la bebida

alcohólica dyö. Según una antigua tradición, su lugar de origen es el mismo del árbol

Sang li y del árbol Sang log. En interés del mundo entero y por nuestro bien, acude, oh

mensajero de Dios. Tak bo Thing, dios de poderes sobrenaturales, descendió antaño

para crear el Mundo. Vuelve a descender ahora para crearlo de nuevo»19 . Está claro

que, para preparar las bebidas rituales chi y dyö, se debe conocer el mito de su origen,

que está íntimamente ligado con el mito cosmogónico. Pero, lo que es aún más

interesante, se invita al Creador a descender de nuevo para una nueva creación del

Mundo, en provecho del enfermo.

Se ve que, en estos cantos mágicos con fin medicinal, el mito del origen de los

medicamentos está siempre integrado en el mito cosmogónico. Hemos citado en el

capítulo precedente algunos ejemplos de los que se deduce que, en las terapéuticas

primitivas, un remedio no llega a ser eficaz más que si se recuerda ritualmente su

origen ante un enfermo. Un gran número de encantamientos del Oriente Próximo y de

Europa contienen la historia de la enfermedad o del demonio que la ha provocado,

evocando a la vez el momento mítico en que una divinidad o un santo ha logrado

vencer el mal. Un encantamiento asirio contra los dolores de muelas recuerda que

«después que Anu hubo hecho los cielos, los cielos hicieron la tierra, la tierra hizo los

ríos, los ríos hicieron los canales, los canales hicieron los estanques, los estanques

hicieron el Gusano». Y el Gusano se deshace «en lágrimas» ante Shamash y Ea, y les

pregunta lo que se le dará de comer para destruirlo. Los dioses le ofrecen frutos, pero

el Gusano les pide dientes humanos. «Ya que tú has hablado así, oh Gusano, que Ea

te rompa con su mano poderosa»20 . Asistimos aquí: 1.°, a la creación del Mundo; 2. °,

al nacimiento del Gusano y de la enfermedad; 3.°, a l gesto curativo primordial y

paradigmático (destrucción del Gusano por Ea). La eficacia terapéutica del

encantamiento reside en el hecho de que, pronunciado ritualmente, reactualiza el

tiempo mítico del «origen», tanto origen del mundo como origen de los dolores de

muelas y de su tratamiento.

Sucede a veces que la recitación solemne del mito cosmogónico no es más que una

entre otras varias. En cuanto modelo ejemplar de toda «creación», el mito

cosmogónico es susceptible de ayudar al enfermo a «recomenzar» su vida. Gracias al

retorno al origen se espera nacer de nuevo. Ahora bien: todos los rituales médicos que

acabamos de ver hacen alusión a un retorno al origen. Se tiene la impresión de que,

para las sociedades arcaicas, la vida no puede ser reparada, sino solamente recreada

por un retorno a las fuentes. Y la fuente por excelencia es el brote prodigioso de

energía, de vida y de fertilidad que tuvo lugar durante la Creación del Mundo.

Todo esto se deduce bastante claramente de múltiples aplicaciones rituales del mito

cosmogónico polinesio. Según este mito, no existía en los comienzos más que las

Aguas y las Tinieblas. Io, el Dios supremo, separó las Aguas con la fuerza del

pensamiento y de sus palabras, y creó el Cielo y la Tierra. Dijo: «Que las Aguas se

separen, que los Cielos se formen, que la Tierra se haga.» Estas palabras

cosmogónicas de Io, gracias a las cuales el mundo entra en la existencia, son palabras

creadoras, cargadas de poder sagrado. También los hombres las pronuncian en

cuantas circunstancias hay algo que hacer, que crear. Se repiten en el rito de la

fecundación de una matriz estéril, en el rito de la curación del cuerpo y del espíritu, y

también con ocasión de la muerte, de la guerra y de los relatos genealógicos. He aquí

cómo se expresa un polinesio de nuestros días, Hare Hongi: «Las palabras gracias a

las cuales lo modeló el Universo —es decir, gracias a las cuales fue éste producido y

llevado a engendrar un mundo de luz—, estas mismas palabras se emplean en el rito

de la fecundación de una matriz estéril. Las palabras gracias a las cuales Io hizo brillar

la luz en las tinieblas se utilizan en los ritos destinados a alegrar un corazón sombrío y

abatido, la impotencia y la senilidad, a esparcir la claridad sobre cosas y lugares

escondidos, a inspirar a los que componen cantos y lo mismo en los reveses de la

guerra que en muchas otras circunstancias que empujan al hombre a la

desesperación. Para todos los casos parecidos, este rito, que tiene por objeto esparcir

la luz y la alegría, reproduce las palabras de las que lo se sirvió para vencer y disipar

las tinieblas»21 .

Este texto es notable. Constituye un testimonio directo y de primer orden sobre la

función del mito cosmogónico en una sociedad tradicional. Como acabamos de ver,

este mito sirve de modelo para toda clase de «creación»; tanto para la procreación de

un mito como para el restablecimiento de una situación militar comprometida o de un

equilibrio psíquico amenazado por la melancolía o la desesperación. Esta capacidad

del mito cosmogónico de aplicarse a diferentes planos de referencia nos parece

esencialmente significativa. El hombre de las sociedades tradicionales siente la unidad

fundamental de todas las especies de «obras» o de «formas», ya sean de orden

biológico, psicológico o histórico. Una guerra desafortunada es equiparable a una

enfermedad, a un corazón abatido y sombrío, a una mujer estéril, a la ausencia de

inspiración en un poeta o a cualquier otra situación existencial crítica en que el hombre

se ve impulsado a la desesperación. En todas estas situaciones negativas y

desesperadas, aparentemente sin salida, puede cambiarse la situación por la

recitación del mito cosmogónico, especialmente por la repetición de las palabras

gracias a las cuales Io engendró el Universo e hizo brillar la luz en las tinieblas. Dicho

de otro modo: la cosmogonía constituye el modelo ejemplar de toda situación

creadora; todo lo que hace el hombre, repite en cierta manera el «hecho» por

excelencia, el gesto arquetípico del Dios creador: la Creación del Mundo.

Como hemos visto, el mito cosmogónico se recita también con motivo de la muerte;

pues la muerte, también, constituye una situación nueva que interesa asumir bien para

hacerla creadora. Se puede «desbaratar» una muerte como se pierde una batalla o

como se pierde el equilibrio psíquico y la alegría de vivir. Es igualmente significativo

que Hare Hongi coloque entre las situaciones desastrosas y negativas no sólo la

impotencia, la enfermedad y la senilidad, sino también la falta de inspiración de los

poetas, su incapacidad de crear o de recitar convenientemente los poemas y relatos

genealógicos. Se sigue de aquí, en primer lugar, que los polinesios equiparan la

creación poética a todas las demás creaciones importantes, pero también —ya que

Hare Hongi hace alusión a los relatos genealógicos— que la memoria de los cantores

constituye en sí misma una «obra» y que el cumplimiento de esta «obra» puede

asegurarse con la recitación solemne del mito cosmogónico.

Se comprende por qué este mito goza de tanto prestigio entre los polinesios. La

cosmogonía es el modelo ejemplar de toda especie de «hacer»: no sólo porque el

Cosmos es el arquetipo ideal a la vez de toda situación creadora y de toda creación,

sino también porque el Cosmos es una obra divina; está, pues, santificado en su

propia estructura. Por extensión, todo lo que es perfecto, «pleno», armonioso, fértil; en

una palabra: todo lo que está «cosmificado», todo lo que se parece a un Cosmos, es

sagrado. Hacer bien algo, obrar, construir, crear, estructurar, dar forma, informar,

formar, todo esto viene a decir que se lleva algo a la existencia, que se le da «vida»;

en última instancia, que se le confiere un parecido al organismo armonioso por

excelencia: el Cosmos. Pues el Cosmos, volveremos a decir, es la obra ejemplar de

los Dioses, es su obra maestra.

Que el mito cosmogónico sea considerado el modelo ejemplar de toda «creación» lo

ilustra admirablemente la siguiente costumbre de una tribu norteamericana, los Osage.

Cuando nace un niño, se llama a «un hombre que ha hablado con los dioses». Al

llegar a la casa de la parturienta recita ante el recién nacido la historia de la creación

del Universo y de los animales terrestres. A partir de este momento el recién nacido

puede ser amamantado. Más tarde, cuando el niño desea beber agua, se llama de

nuevo al mismo hombre, o a otro. Este recita otra vez la Creación, completándola con

la historia del origen del Agua. Cuando el niño alcanza la edad de tomar alimentos

sólidos, el hombre «que ha hablado con los dioses» vuelve a recitar de nuevo la

Creación, esta vez relatando también el origen de los cereales y de otros alimentos22 .

Sería muy difícil encontrar un ejemplo más elocuente de la creencia de que cada

nuevo nacimiento representa una recapitulación simbólica de la cosmogonía y de la

historia mítica de la tribu. Esta recapitulación tiene por objeto introducir ritualmente al

recién nacido en la realidad sacramental del mundo y de la cultura, y, al hacer eso, dar

validez a su existencia, proclamándola conforme a los paradigmas míticos. Pero hay

algo más: al niño que acaba de nacer se le pone frente a una serie de «comienzos». Y

no se puede «comenzar» nada más que si se conoce el «origen», si se sabe cómo tal

cosa ha venido por primera vez a la existencia. Al «comenzar» a mamar, a beber agua

o a comer alimentos sólidos, al niño se le proyecta ritualmente al «origen», cuando la

leche, el agua y los cereales aparecieron por primera vez.

EL «RETORNO AL ORIGEN»

La idea implícita de esta creencia es que es la primera manifestación de una cosa la

que es significativa y válida, y no sus sucesivas epifanías. De un modo parecido, no es

lo que han hecho el padre o el abuelo lo que se enseña al niño, sino lo que hicieron

por primera vez los Antepasados, en los tiempos míticos. Cierto es que el padre y el

abuelo no han hecho otra cosa sino imitar a los Antepasados; se podría, pues, pensar

que al imitar al padre se podrían obtener los mismos resultados. Pero al pensar de

esta manera se desvirtuaría el papel esencial del Tiempo de origen, que, como hemos

visto, se considera un tiempo «fuerte» precisamente porque ha sido en cierto modo el

«receptáculo» de una nueva creación. El tiempo transcurrido entre el origen y el

momento presente no es «fuerte» ni «significativo» (salvo, bien entendido, los

intervalos en que se reactualizaba el tiempo primordial), y por esta razón se le

menosprecia o se le trata de abolir23 .

En este ejemplo se trata de un ritual en que los mitos cosmogónicos y de origen se

recitan en beneficio de un solo individuo, como en el caso de los curanderos. Pero el

«retorno al origen», que permite revivir el tiempo en que las cosas se manifestaron por

primera vez, constituye una experiencia de importancia capital para las sociedades

arcaicas. Discutiremos esta experiencia en diversos momentos en las páginas que

siguen. Pero citemos aquí un ejemplo de recitación solemne de los mitos

cosmogónicos y de origen en las festividades colectivas de la isla Sumba. Con motivo

de acontecimientos importantes para la comunidad —una cosecha abundante, el

fallecimiento de un miembro importante, etc.— se construye una casa ceremonial

(marapu), y con este motivo los narradores cuentan la historia de la Creación y de los

Antepasados. «Con ocasión de todos estos acontecimientos, los narradores evocan

con veneración los ‘comienzos’, es decir, el momento en que se formaron los

principios de la cultura misma que se trata de preservar como el más preciado de los

bienes. Uno de los aspectos más destacados de la ceremonia es esta recitación, que

se presenta en realidad como un intercambio de preguntas y respuestas entre dos

individuos en cierto modo homólogos, puesto que se les escoge en dos clanes unidos

por lazos de parentesco exogámico. También, en ese instante capital, los dos

recitadores representan a todos los miembros del grupo, comprendidos también los

muertos, lo que hace que la recitación del mito de la tribu (que debe al mismo tiempo

representarse como un mito cosmogónico) beneficiará al conjunto del grupo»24 .

En suma, se trata de rituales colectivos de periodicidad irregular, que comportan la

construcción de una casa cultual y la recitación solemne de los mitos de origen de

estructura cosmogónica. El beneficiario es la totalidad de la comunidad, tanto los vivos

como los muertos. Con ocasión de la reactualización de los mitos, la comunidad se

renueva en su totalidad; recobra sus «fuentes», revive sus «orígenes». La idea de una

renovación universal operada por la reactualización cultual de un mito cosmogónico

está atestiguada en muchas sociedades tradicionales. Nosotros la hemos tratado en El

mito del eterno retorno, y volveremos sobre ella en el capítulo siguiente. En efecto, el

escenario mítico-ritual de la renovación periódica del Mundo es susceptible de

revelarnos una de las funciones principales del mito, tanto en las culturas arcaicas

como en las primeras civilizaciones del Oriente.

PRESTIGIO DE LOS «COMIENZOS»

El puñado de ejemplos citados permite captar mejor las relaciones entre el mito

cosmogónico y los mitos de origen. Está, ante todo, el hecho de que el mito de origen

comienza, en numerosos casos, por un, bosquejo cosmogónico: el mito rememora

brevemente los momentos esenciales de la Creación del Mundo, para pasar a narrar a

continuación la genealogía de la familia real, o la historia tribal, o la historia del origen

de las enfermedades y de sus remedios, y así sucesivamente25 . En todos estos

casos, los mitos de origen prolongan y completan el mito cosmogónico. Cuando se

trata de la función ritual de ciertos mitos de origen (por ejemplo, en las curaciones, o,

como entre los Osage, mitos destinados a introducir al recién nacido en la sacralidad

del Mundo y de la sociedad), se tiene la impresión de que su «potencia» les viene, en

parte, del hecho de que contienen los rudimentos de una cosmogonía. Esta impresión

la confirma el hecho de que, en ciertas culturas (por ejemplo, en Polinesia), el mito

cosmogónico es no sólo susceptible de tener un valor terapéutico intrínseco, sino que

constituye también el modelo ejemplar de toda clase de «creación» y de «hacer».

Se comprende mejor esta dependencia de los mitos de origen del mito cosmogónico si

se tiene en cuenta que, en un caso como en otro, se trata de un «comienzo». Ahora

bien: el «comienzo» absoluto es la Creación del Mundo. No se trata, ciertamente, de

una simple curiosidad teórica. No basta conocer el «origen», hay que reintegrar el

momento de la creación de tal o cual cosa. Ahora bien: esto se traduce en un «retorno

hacia atrás», hasta la recuperación del Tiempo original, fuerte, sagrado. Y, como ya

hemos visto y lo veremos aún mejor en lo que sigue, la recuperación del Tiempo

primordial, que es lo único capaz de asegurar la renovación total del Cosmos, de la

vida y de la sociedad, se obtiene ante todo por la reactualización del «comienzo

absoluto», es decir, la Creación del Mundo.

Recientemente, Rafaele Petazzoni ha propuesto considerar al mito cosmogónico como

una variante del mito de origen. «Se sigue que el mito de creación participa de la

misma naturaleza que el mito de origen (...). Nuestro análisis nos ha permitido arrancar

al mito de creación de su espléndido aislamiento; deja por ello de ser un hapax

genomenon y pasa a formar parte de la numerosa clase de hechos análogos, los mitos

de origen»26 . Por las razones que acabamos de recordar, nos parece difícil compartir

este punto de vista. Un nuevo estado de cosas implica siempre un estado precedente,

y éste, en última instancia, es el Mundo. Es a partir de esta «totalidad» inicial como se

desarrollan las modificaciones ulteriores. El medio cósmico donde se vive, por limitado

que sea, constituye el «Mundo»; su «origen» y su «historia» preceden a toda otra

historia particular. La idea mítica del «origen» está imbricada en el misterio de la

«creación». Una cosa tiene un «origen» porque ha sido creada, es decir, porque una

potencia se ha manifestado claramente en el Mundo, un acontecimiento ha tenido

lugar. En suma, el origen de una cosa da cuenta de la creación de esta cosa.

La prueba de que el mito cosmogónico no es una simple variante de la especie

constituida por el mito de origen es que las cosmogonías, como acabamos de ver,

sirven de modelo a toda clase de «creaciones». Los ejemplos que vamos a analizar en

el capítulo siguiente reforzarán, a nuestro entender, esta conclusión

NOTAS

CAPITULO I

1 C. Strehlow, Die Aranda- und Loritja-Stämme in Zentral-Australien, vol. III, p.

1; cf. Lucien Lévy-Bruhl, La mythologie primitive (París, 1935), p. 123. Véase también

T. G. H. Strehlow, Aranda Traditions (Melbourne University Press, 1947), p. 6.

2 Ch. Keysser, citado por Richard Thunrwald, Die Eingeborenen Australiens und

der Südseeinsels (Religionsgeschichtliches Lesebuch, 8, Tubinga, 1927), p. 28.

3 Clyde Kluckhohn, «Myths and Rituals: A General Theory» (Harvard

Theological Review, vol. XXXV, 1942, pp. 45-79), p. 66. Cf. Ibíd. otros ejemplos.

4 Mathias Hermanns, The Indo-Tibetam (Bombay, 1954), pp. 66 ss.

5 Véase M. Eliade, Le Mythe de l’Éternel Retour (París, 1949), pp. 44 ss. (The

Myth of the Eternet Return, Nueva York, 1954, pp. 21 ss.)

6 Le Mythe de l'Éternel Retour, pp. 53 ss.

7 Clyde Kluckhohn, op. cit., p. 61, citando a W. W. Hill, The Agricultural and

Hunting Methods of the Navaho Indians (New Haven, 1958), p. 179.

8 Cf. M. Eliade, Mythes, rêves et mystères (París, 1957), pp. 255-56.

9 R. Pettazzoni, Essays on the History of Religion (Leiden, 1954), pp. 11-12. Cf.

también Werner Müller, Die Religionen der Waldlandindianer Nordamerikas (Berlín,

1956), p. 42.

10 R. Pettazzoni, op. cit., p. 13.

11 R. Piddington, citado por L. Lévy-Bruhl, p. 115. Sobre las ceremonias de

iniciación, cf. Eliade, Naissances mystiques (París, 1959).

12 Véanse ejemplos en R. Pettazzoni, op. cit., p. 14, n. 15.

13 R. A. Stein, Recherches sur l’épopée et le barde au Tibet (París, 1959), pp.

318-319.

14 Evidentemente, lo que se considera «historia verdadera» en una tribu puede

convertirse en «historia falsa» en la tribu vecina. La «desmitificación» es un proceso

atestiguado ya en los estadios arcaicos de cultura. Lo importante es el hecho de que los

«primitivos» sienten siempre la diferencia entre mitos («historias verdaderas») y

cuentos o leyendas («historias falsas»). Cf. Apéndice I («Los mitos y los cuentos de

hadas»).

15 Cf. Mythes, rêves et mystères, pp. 27 ss.

16 C. Strehlow, Die Aranda- und Loritja-Stämme, III, pp. 1-2; L. Lévy-Bruhl, op.

cit., p. 123. Sobre las iniciaciones de pubertad en Australia, cf. Naissances mystiques,

pp. 25 ss.

17 E. Nordenskiöld, «Faiseurs de miracles et voyants chez les Indiens Cuna»

(Revista del Instituto de Etnología, Tucumán, vol. II, 1932), p. 464; Lévy-Bruhl, op.

cit., p. 118.

18 A. C. Kruyt, citado por Lévy-Bruhl, op. cit., p. 119.

19 Aili Kolehmainen Johnson, Kalevala. A Prose translation from the Finnish

(Hancock, Michigan, 1950), pp. 53 ss.

20 E. Nordenskiöld, «La conception de l’âme chez les Indiens Cuna de l’Isthme

de Panama» (Journal des Américanistes, N. S., t. 24, 1932, pp. 5-30), p. 14.

21 J. F. Rock, The Na-Khi Nâga Cult and related ceremonies (Roma, 1952), vol.

II, p. 474.

22 Ibíd., vol. II, p. 487.

23 J. F. Rock, Zhi-mä funeral ceremony of the Na-khi (Viena, Mödling, 1955), p.

87.

24 K. Th. Preuss, Religión und Mythologie der Uitoto, I-II (Gotinga, 1921-1923),

p. 625.

25 B. Malinowski, Myth in Primitive Psychology (1926; reproducido en el

volumen Magic, Science and Religion, Nueva York, 1955, pp. 101-108).

CAPITULO II

1 Ariane Macdonald, La Naissance du Monde au Tibet (en Sources Orientales, I,

París, 1959, pp. 417-452), p. 428. Cf. también R. A. Stein, Recherches sur l’épopée et le

barde au Tibet, p. 464.

2 Martha Warner Beckwith, The Kumulipo. A. Hawaiian Creation Chant (The

Univ. of Chicago Press, 1951), p. 7.

3 Ibíd., p. 45. «La luz que renace cada día, el sol que cada año vuelve del Sur y

reanima la tierra no son solamente símbolos, sino también imágenes ejemplares del

nacimiento en el hombre o incluso factores determinantes en el camino de la raza hacia

la perfección... Igual que el universo celeste Wakea rompe las cadenas de la noche y

surge del seno de las aguas que le retenían prisionero de las tinieblas, el niño rompe la

envoltura que le retenía prisionero en el seno de su madre y accede a la luz, a la vida, al

mundo del entendimiento» (Ibíd., pp. 182-183).

4 P. O. Bodding, «Les Santals» (Journal Asiatique, 1932), pp. 58 ss.

5 V. Elwin, The Baiga (Londres, 1939), p. 305; W. Koppers, Die Bhil in

Zentralindien (Viena, 1948), p. 242.

6 W. Koppers, Die Bhil, p. 242; J. Hoffmann y A. van Ernelen, Encyclopaedia

Mundarica, vol. III (Patna, 1930), p. 739.

7 L. Jungblut, Magic Songs of the Bhils of Jhabua State (Internationales Archiv

für Ethnographie, XLIII, 1943, páginas 1-136), p. 6.

8 Ibíd., pp. 35 ss., 59 ss.

9 Jungblut, p. 5.

10 Hasteen Klah, Navajo Creation Myth: The Story of the Emergence (Santa Fe,

1942), p. 19. Cf. también Ibíd., pp. 25 ss., 32 ss.

11 J. F. Rock, The Na-khi Nâga Cult and related ceremonies (Roma, 1952), vol.

I, pp. 9-10.

12 Ibíd., vol. I, p. 98.

13 Ibíd., vol. I, p. 97.

14 Ibíd., vol. I, p. 108.

15 Ibíd., vol. II, pp. 386 ss.

16 Ibíd., vol. II, p. 489.

17 Ibíd., vol. I, pp. 279 ss.

18 M. Hermanns, The Indo-Tibetans, pp. 66 ss.

19 Ibíd., p. 69. El subrayado es nuestro.

20 Campbell Thompson, Assyrian Medical Texts (Londres, 1923), p. 59. Véase

asimismo la historia mítica del encantamiento contra las mordeduras de serpientes,

inventado por Isis in illo tempore, en G. Röder, Urkunden zur Religion des alten

Aegypten (Jena, 1915), pp. 138 ss.

21 E. S. C. Handy, Polynesian Religion (Honolulú, 1927), pp. 10-11.

22 Alice C. Fletcher y F. La Flesche, The Omaha Tribe (Bureau of American

Ethnology, 27th Annual Report, Washington, 1911), p. 116, nota a.

23 Cf. Le Mythe de l'Éternel Retour, cap. II y passim.

24 C. Tj. Bertling, Note on myth and ritual in Southeast Asia (La Haya, 1958),

pp. 3-4.

25 La costumbre se conserva incluso en las civilizaciones evolucionadas, que

conocen la escritura. S. N. Kramer hace notar a propósito de los textos súmenos que

«los mitos o las epopeyas de los poetas súmenos comenzaban en general por una

evocación cosmológica, sin relación directa con el conjunto de la obra. He aquí cinco

versos, sacados del prólogo de Gilgamesh, Enkidu y el Infierno:

«Después que el cielo fue separado de la tierra,

después que la tierra fue separada del cielo,

después que fue designado el nombre del hombre,

después que (el dios del cielo) An se llevó el cielo,

después que (el dios del aire) Enhil se llevó la tierra...»

(S. N. Kramer, From the tablets of Sumer, Indian Hills, Colorado, 1956, p. 77).

Análogamente, en la Edad Media buen número de cronistas comenzaban sus historias

locales con la Creación del Mundo.

26 R. Pettazzoni, Essays on the History of Religions, pp. 27-36.

No hay comentarios:

Publicar un comentario